El oficio y la máquina: el ingeniero de software en la era de la IA

11 · El futuro imaginado11 min read

Historia — Un año después

El catorce de marzo siguiente amaneció despejado, y a las diez de la mañana el salón social de Los Alcores olía a café de puchero y a tierra mojada, porque había llovido de madrugada y ochenta regantes habían entrado pisando charcos.

La fecha la había elegido Paca, con toda la intención del mundo.

—Un año —dijo desde la tarima, sin micrófono, porque Paca no había necesitado un micrófono en su vida—. Hoy hace un año que este sistema me regó el sector 7 a las tres de la madrugada y nadie sabía decirme por qué. Lo cuento yo antes de que lo cuente nadie, porque en mi comunidad las cosas se cuentan enteras o no se cuentan. —Recorrió la sala con la mirada: juntas de gobierno de una docena de comunidades, técnicos de la Confederación, dos alcaldes pedáneos y Andrés el de los caquis, en primera fila—. Y hoy vengo a decir por qué, después de aquello, no solo no los eché, sino que he venido a ayudarles a venderos esto. Muy sencillo: porque son los únicos que cuando no saben una cosa, te dicen «no lo sé», y cuando la saben, te la enseñan por dentro. Con el agua, yo no me fío del que no enseña la máquina. Me fío del que te enseña hasta dónde llega y dónde se para. —Señaló con la barbilla a Élia—. Hala, hija. Tuyo.

La jornada de puertas abiertas duró hasta media tarde. Élia contó el sistema sin una diapositiva de marketing: el planificador y la hora de acequia —el acta de 1974 proyectada en grande, con permiso de la comunidad, y más de un presidente de más de setenta años asintiendo despacio—; el parte de las siete; las declaraciones telemáticas con su memoria firmada. Tomás enseñó, en directo, la jaula: un agente de la Cuadrilla investigando una incidencia real delante de todos, cada herramienta pedida, cada permiso concedido o negado, visible en la pantalla grande como un tren en un panel de estación.

—¿Y eso que escribe ahí es una persona? —preguntó un regante mayor.

—No, señor. Es una máquina.

—¿Y usted le lee todo lo que hace?

—Todo lo que acaba tocando mi sistema, sí, señor. Línea a línea.

—Como el que repasa la faena del peón nuevo —dijo el hombre, satisfecho de haber encontrado la caja donde guardar aquello.

—Exactamente eso —dijo Tomás—. Ni más, ni menos.

Nadia lo miraba desde el fondo de la sala, y en algún momento cayó en la cuenta de que ya no le sorprendía: la conversación imposible de hacía un año —válvulas, modelos de lenguaje, actas de 1974— se había vuelto una conversación normal entre gente seria. Así se notaba el trabajo bien hecho: en que dejaba de parecer extraordinario.

Le vibró el móvil. Un mensaje de Élia: «¿Le has preparado mesa a la nueva? Empieza mañana y viene esta tarde a saludar.»


La nueva se llamaba Leire, tenía veintitrés años, y llegó al almacén a las seis, cuando el equipo volvía de Los Alcores con el cansancio bueno de los días redondos. Traía una mochila con pegatinas, un apretón de manos enérgico y esa mezcla exacta de seguridad e inseguridad que solo se tiene en el primer trabajo… o en el segundo.

—Me han dicho que aquí trabajáis con flotas de agentes —dijo, a los cinco minutos, con los ojos brillantes—. Yo vengo de montarme mis flujos enteros con agentes, o sea, los prompts me los sé de memoria, tengo mis plantillas, en la uni me llamaban para arreglarle el contexto a todo el mundo. La verdad es que el código de bajo nivel me aburre un poco, para eso ya están ellos, ¿no? Yo lo que quiero es orquestar.

Lo dijo tal cual, orquestar, y Bruno tuvo que fingir un ataque de tos y salir a la cocina, de donde llegó, amortiguado, algo parecido a una carcajada dentro de un armario. Élia sonrió sin sonreír. Tomás miró a Leire por encima de las gafas, largamente, como se mira una válvula recién salida de fábrica: sin hostilidad, catalogando.

Y Nadia sintió una cosa rarísima, un vértigo suave, porque se acababa de oír a sí misma. Cinco meses en la empresa, perfil AI-native, la sensación de velocidad. La chica que cruzaba la autovía de noche, contenta porque nunca venía nada de frente.

—Leire —dijo—. ¿Tienes media hora? Te enseño una cosa antes de que te vayas.

La llevó a la pared del fondo. El mapa del sistema seguía allí, tres metros de papel continuo, ya casi todo verde, con sus cicatrices de cinta adhesiva y sus capas de correcciones, como los planos de las casas viejas. Y en la esquina superior, sin borrar después de un año, la letra de delineante de Tomás:

¿Qué escribió? ¿Por qué lo escribió? ¿Por qué ninguno de nosotros lo sabe?

Y debajo, con otra letra:

¿Quién posee la teoría de este sistema?

—Tu primer encargo no va a ser orquestar nada —dijo Nadia, sin dureza—. Tu primer encargo va a ser este mapa. Vas a elegir una caja verde cada semana, la que quieras, y vas a conseguir explicárnosla a los demás sin mirar el papel. Cuando lleves diez, te dejamos una naranja de las pequeñas. —Se encogió de hombros—. Es lo que hay. En esta casa nadie le da órdenes a la Cuadrilla sin saber explicar qué está tocando la Cuadrilla.

—Pero… —Leire miró el mapa, el tablero, otra vez el mapa—. Si los agentes ya se saben el código, ¿para qué me lo tengo que saber yo?

Nadia asintió despacio, como quien reconoce una pregunta de las buenas.

—Esa pregunta —dijo— es exactamente la pregunta correcta, hecha exactamente al revés. Y no te la voy a contestar yo, porque a mí tampoco me la contestaron: la vas a contestar tú sola, y te vas a acordar del día. —Fue a su mesa, abrió el cajón y volvió con un paquete envuelto en papel de estraza—. Toma. Regalo de bienvenida.

Dentro había dos cuadernos. Uno nuevo, de anillas, con las tapas duras, sin estrenar. Y uno viejo, hinchado de tinta, con las esquinas romas de haber vivido en muchas mochilas.

—El nuevo es para ti. Se llama cuaderno de asombros: apuntas todo lo que no entiendes, con fecha, y no dejas que se te escape ninguno, porque cada uno de esos asombros es un sitio donde tu teoría tiene un agujero. —Nadia puso la mano encima del viejo, un momento, como se toca el lomo de un animal querido—. Y este es el mío. Empieza el día que este sistema regó un almendral a las tres de la mañana y yo descubrí que no sabía cómo funcionaba lo que usaba todos los días. Te lo presto. Léelo en orden. Es la documentación más honesta que tenemos de este año: no cuenta lo que construimos, cuenta lo que no sabíamos.

Leire cogió el cuaderno viejo con las dos manos, ya sin nada de la seguridad de la mochila de pegatinas, y lo abrió por la primera página.


Cerraron la jornada como se cerraban ya todas las fechas señaladas de Vega: en el camino de la acequia madre, con Paca, viendo caer la tarde sobre el cerro de la Atalaya. Bruno había bajado sillas plegables y una nevera pequeña. Era, oficialmente, «la retro anual». Era, en realidad, la fiesta de cumpleaños del susto que les cambió la vida.

—Va —dijo Bruno, repartiendo—. Juego de la retro. Propongo: ¿dónde está esto dentro de diez años? Y vale flipar, pero hay que avisar cuando se flipa.

—Aviso desde ya —dijo Élia—: todo lo que se diga a partir de este momento es imaginación. Ninguno de nosotros sabe el futuro. El año pasado por estas fechas yo no sabía ni el presente. —Estiró las piernas—. Pero jugar, juego. Yo imagino que esto de escribir código a mano será como… como soldar. Un oficio de base que casi nadie ejerce a diario, que todo el mundo respeta y que conviene haber hecho para entender qué hay debajo. Nosotros ya casi no escribimos: leemos, decidimos, diseñamos, verificamos, hablamos con Paca. El teclear se lo lleva la Cuadrilla. Y cada vez me parece menos raro y más… lógico. Lo que no delego es el qué ni el porqué. Eso creo que no se va a delegar nunca.

—Yo imagino cuadrillas de cuadrillas —dijo Nadia—. Aviso: flipada. Pero la veo. Hoy lanzo tres agentes y los reviso yo. Imagino lanzar treinta, con capataces que también son agentes, y que mi trabajo sea diseñar el circuito entero: qué se hace en paralelo, qué se verifica contra qué, dónde están las esclusas donde un humano tiene que mirar sí o sí. Ingeniería del bucle, más que del código. Como pasar de regar surco a surco a diseñar la red de riego: el agua es la misma, cambia la escala del plano. —Le dio un trago al botellín—. Lo que no me imagino es el plano sin ingeniero. Cuanta más agua mueves, más caro es no entender las tuberías.

—Yo imagino menos —dijo Tomás—. Los viejos imaginamos poco, es higiénico. Solo digo una cosa: he visto cuatro olas de «esto ya no va a hacer falta saberlo», y las cuatro veces el que lo sabía acabó mandando sobre el que no. No veo por qué la quinta iba a ser distinta. —Levantó su botellín dos dedos—. Eso sí: es la primera ola que me ha pillado con ganas de aprender en vez de con ganas de jubilarme. Algo habréis hecho.

—Yo imagino —dijo Bruno, solemne— que en diez años el parte de las siete lo leerá en voz alta un dron mientras sobrevuela los caquis de Andrés, y Andrés le discutirá. Y aviso: esto no es una flipada, es un plan de producto, Élia, tenemos que hablar.

Paca los dejó reírse. Luego, con el sol ya rozando el cerro, dijo lo suyo, mirando el agua:

—Vosotros imaginad lo que queráis, que para eso sois jóvenes. Yo solo sé una cosa, y me la enseñó mi padre en este camino: herramientas he visto muchas. Mulas, motores, aspersores, ordenadores, y ahora estas máquinas vuestras que escriben. Cada una trajo a unos listos diciendo que ya no hacía falta saber. Y el agua, mientras tanto, ahí sigue: bajando cuando le toca, faltando cuando falta, sin leerse ni un solo folleto. —Se levantó de la silla ayudándose del bastón que no necesitaba—. El agua no entiende de excusas. Con el agua se está o no se está. Vosotros, este año, habéis estado. Pues eso es el oficio, hijos. Lo demás son herramientas.


Esa misma mañana, antes de envolver el paquete de Leire, Nadia había escrito la última entrada. La escribió sabiendo que era la última, y le costó más que ninguna:

Día 366. Mañana este cuaderno empieza a ser de otra persona, así que toca cerrar. Hace un año creía que mi oficio era conseguir que una máquina escribiera lo que yo no sabía escribir. Hoy creo que mi oficio es responder de sistemas: entenderlos por dentro, dibujarles el arnés, decidir qué construyen, verificar que es verdad, y poder explicárselo a Paca un martes por la mañana. Las máquinas escriben. Cada vez mejor. Que escriban: cuanto mejor escriban ellas, más falta hace alguien que sepa qué merece ser escrito y que ponga su nombre debajo.

A la persona que lea esto: si has llegado hasta aquí, ya sabes que este cuaderno no es un diario. Es una lista de agujeros tapados. Empieza el tuyo hoy. El primer asombro es gratis, te lo dejo aquí: no sabes cómo funciona lo que usas todos los días. Ninguno lo sabemos, al principio. La diferencia entera de este oficio está entre los que se lo perdonan y los que van a mirar.

En el almacén, a la mañana siguiente, Leire abrió el cuaderno por la primera página y leyó, en una letra más insegura que la del final:

Día 1. Resulta que no sé cómo funciona lo que uso todos los días.

Levantó la vista hacia el mapa de la pared. Cogió un rotulador de la mesa —el verde, aunque eso aún no significaba nada para ella— y se acercó a leer las cuatro preguntas de la esquina.

Fuera, el agua bajaba por la acequia madre, puntual, camino de las parcelas del sector 7.


En la teoría de esta sección — la última con teoría — jugamos el mismo juego que el equipo en la acequia, con las mismas reglas: mirar hacia dónde apunta todo esto (flotas de agentes, ingeniería del bucle, el ingeniero de producto), marcando en cada párrafo la frontera entre lo que hay y lo que imaginamos. Y cerramos con lo prometido: el mejor material abierto para seguir formándote cuando este curso se acabe.