Software libre, copyleft y los comunes diseñados
El capítulo digital de esta historia empieza con una impresora.
La impresora que no quiso compartir
En 1980, el laboratorio de inteligencia artificial del MIT recibió una impresora láser nueva de Xerox. Se atascaba, como hacen las impresoras. Richard Stallman, programador del laboratorio, fue a hacer lo que allí siempre se había hecho: arreglar el controlador para que al menos avisara de los atascos. Pero esta vez no había código fuente. El software era propietario — secreto industrial — y un colega de otra universidad que sí tenía el código había firmado un acuerdo que le prohibía compartirlo. Stallman describiría después aquella negativa como la traición de algo que había dado por sentado: que los programadores, como los científicos, se ayudan entre sí.
La frustración cristalizó en una convicción: el software, como las matemáticas, es conocimiento. Un conocimiento que no puedes inspeccionar, aprender, arreglar ni compartir te vuelve dependiente de quien lo controla — y una sociedad que funciona sobre software opaco es una sociedad que ha subcontratado parte de su autonomía.
Las cuatro libertades, y el truco que las protege
En 1983 Stallman anunció el Proyecto GNU — un sistema operativo completo que cualquiera pudiera usar, estudiar, modificar y compartir. En 1985 fundó la Free Software Foundation y articuló las cuatro libertades que definen el software libre, numeradas desde cero, como cuentan los programadores:
- Libertad 0 — ejecutar el programa para cualquier propósito. Tuyo para usarlo; nadie dicta para qué.
- Libertad 1 — estudiar cómo funciona y cambiarlo. Es la libertad del que aprende, y requiere el código fuente: el texto legible del programa.
- Libertad 2 — redistribuir copias. Ayudar a tu vecino no es piratería.
- Libertad 3 — distribuir tus versiones modificadas, para que toda la comunidad se beneficie de las mejoras.
"Libre como en libertad, no como en barra libre": la cuestión nunca fue el precio sino la autonomía. Y el golpe maestro de Stallman fue legal, no técnico. La GNU General Public License (1989) usó la ley de copyright contra el cercamiento. Merece la pena entender el mecanismo: el copyright da al autor un control casi total sobre la copia. La GPL dice: puedes copiar, modificar y distribuir esta obra libremente — a condición de que lo que construyas con ella lleve estas mismas libertades. Si rompes la condición, pierdes la licencia, y te quedas en simple infracción de copyright. El cercamiento del común se vuelve así legalmente imposible: el regalo se protege a sí mismo. El mecanismo se llama copyleft, y es una de las grandes invenciones legales del siglo XX — un hack, en el mejor sentido, sobre la mismísima ley que hizo el conocimiento apropiable.
El bazar gana
En 1991 un estudiante finlandés, Linus Torvalds, publicó bajo la GPL un núcleo llamado Linux. Combinado con las herramientas GNU se convirtió en un sistema operativo libre completo — construido no por una empresa sino por miles de voluntarios coordinándose por la Internet primitiva. No debería haber funcionado. Hoy mueve la mayoría de los servidores del mundo, todos sus teléfonos Android y prácticamente todos los superordenadores de la Tierra.
El ensayo de Eric Raymond La catedral y el bazar (1997) intentó explicar por qué el estilo abierto y caótico del "bazar" superó en ingeniería a la "catedral" cerrada: la apertura convierte a los usuarios en contribuyentes; la transparencia hace que los problemas se encuentren pronto ("con suficientes ojos, todos los errores son superficiales"); y la motivación que nace de la reputación y del oficio dura más que la que nace de una asignación. En 1998 se acuñó el término open source — propuesto por Christine Peterson — para presentar el modelo al mundo empresarial sin las ambigüedades de la palabra inglesa "free". Las empresas escucharon: hoy el común del software sostiene casi cualquier producto que toques.
Ostrom: el común nunca fue una tragedia
Un hilo más importa aquí. Los economistas llevaban décadas enseñando la "tragedia de los comunes": los recursos compartidos se sobreexplotan, así que todo debe privatizarse o estatalizarse. En 1990 la politóloga Elinor Ostrom publicó El gobierno de los bienes comunes: décadas de trabajo de campo — comunidades de regantes españolas, pastos alpinos suizos, bosques comunales japoneses — demostrando que las comunidades gobiernan recursos compartidos de forma sostenible durante siglos. Lo que necesitan no es un dueño sino reglas: límites claros, normas ajustadas a las condiciones locales, participación de los usuarios en dictarlas, vigilancia, sanciones graduales, resolución barata de conflictos. Recibió el Nobel de Economía en 2009 — justo cuando Linux y Wikipedia demostraban su tesis a escala planetaria, con control de versiones en lugar de asambleas de aldea.
El software libre aportó la pieza que faltaba a la tradición del conocimiento abierto: una tecnología legal y social operativa para construir comunes a propósito. Todo lo de la próxima lección se apoya en ella.