Cuando todo falla: curso completo de radioafición en España

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Historia — La noche de las voces

Vallverd de l'Horta, una noche de finales de octubre.

La lluvia no empezó como empiezan las lluvias. Marina Salvat recordaría después ese detalle absurdo: que a las cinco de la tarde, cuando salió de la escuela con la mochila llena de exámenes de lengua por corregir, el cielo sobre Vallverd era de un gris amarillento que no había visto nunca, y que no llovía. En Vallverd no llovía. Llovía en otra parte, decía la radio del bar Els Tarongers, llovía una barbaridad monstruosa a veinte, treinta kilómetros, tierra adentro, en los pueblos donde nacen los barrancos.

Marina vivía sola en un segundo piso de la calle Mayor, dos portales más allá de la farmacia. A las siete y cuarto le mandó un audio a su madre, Rosa, que vivía en Valencia capital: «Mamá, aquí ni gota, no sé de qué va tanto drama». En algún momento le llegó al móvil, con un chirrido que no le conocía, la alerta de Protección Civil. A las ocho y diez se fue la luz.

Y entonces sí. Entonces llegó el agua.

No cayó del cielo: subió de la tierra. El barranco que bordea Vallverd por el sur —ese cauce seco donde los críos de su clase cazaban lagartijas en junio— se convirtió en veinte minutos en una cosa parda y sólida que arrancó el puente de la carretera vieja como quien arranca una costra. Marina lo vio desde su balcón, a la luz de los relámpagos, sin entender lo que veía. Vio coches que se movían solos calle abajo, con los faros encendidos, como animales asustados. Oyó, no vio, cómo el agua entraba en los bajos de todo el pueblo.

Cogió el móvil para llamar a su madre.

No hay servicio.

Probó con datos. Nada. Probó desde la ventana del patio, desde el rellano, con el brazo en alto como una antena humana, ese gesto inútil y universal. Nada. El teléfono fijo de la vecina del primero, mudo. A las nueve de la noche, Vallverd de l'Horta —cuatro mil doscientos habitantes, un colegio, dos farmacias, un club de jubilados— era un agujero negro. Ni luz, ni teléfono, ni Internet, ni manera humana de decirle a nadie estoy viva.

Después Marina sabría que esa noche no fue solo su pueblo: que cayeron antenas de telefonía a docenas, que las que no cayeron se quedaron sin fluido y agotaron sus baterías en pocas horas, que media provincia gritaba hacia dentro. Pero a las nueve de aquella noche no sabía nada de eso. Solo sabía que su madre, en Valencia, estaría viendo las noticias.

Su madre, que tenía setenta y un años y el corazón regular. Viendo las noticias. Sin poder llamarla.

En la escalera del edificio, a oscuras, los vecinos se fueron juntando por el procedimiento antiquísimo de salir al rellano con una vela. La del tercero bajó con su hija Lucía, quince años, envuelta en una manta. El del cuarto tenía a su padre encamado y le quedaba oxígeno para una noche, dijo, para una noche justa. Y fue entonces cuando por el hueco de la escalera, desde el portal, subió una voz que Marina conocía de toda la vida sin haberla escuchado de verdad nunca.

—...sí, confirmo. Calle Mayor, doce. Enfermo dependiente de oxígeno, autonomía una noche. Lo apunto y lo paso. ¿Algo más de tu lado? Cambio.

En el portal, sentado en una silla plegable de camping, con un chubasquero que goteaba y una linterna frontal, estaba Vicente Roig. El jubilado del quinto del ocho, el viudo, el que cuidaba los rosales del patio. Sobre una mesita de formica había un aparato negro del tamaño de un ladrillo pequeño, conectado con pinzas rojas y negras a una batería de coche. Del aparato salía un cable que trepaba por la fachada hacia la terraza, donde —Marina lo vio al día siguiente— había un mástil con una antena vertical blanca, torcida por el viento pero viva.

El aparato hablaba. Entre ráfagas de estática, hablaba con voces que no eran de Vallverd. Una decía algo de la carretera de Torrent. Otra pedía calma y turnos: «de uno en uno, os copio a todos, de uno en uno». Otra, lejanísima, deletreaba nombres de personas: «Josep, Joan-Sierra-Eco-Papa...».

—Vicente —dijo alguien—. Vicente, ¿eso funciona? ¿Con quién hablas?

Vicente levantó la mano pidiendo silencio, terminó de anotar algo en una libreta cuadriculada, dijo «recibido, QSL, quedo a la escucha» y solo entonces se giró. Tenía setenta y dos años y una calma que a Marina le pareció venir de otro siglo.

—Funciona con esto —dijo, tocando la batería con dos dedos—. Y hablo con todos. Radioaficionados. Hay una red montada desde las nueve. A ver, escuchadme: no puedo llamar a un teléfono, esto no es un teléfono. Pero puedo pasar un mensaje a un compañero que esté en una zona con cobertura, y ese compañero sí puede llamar. Tardará lo que tarde. Quien quiera avisar a su familia de que está bien, que me dé un nombre y un número, de uno en uno. Frases cortas. Primero urgencias médicas.

Aquella noche, en la libreta cuadriculada de Vicente Roig entraron cuarenta y una peticiones. La primera fue el oxígeno del cuarto. La séptima fue «Rosa Salvat, Valencia, 6XX XX XX XX: dile que Marina está viva y en casa».

Marina no durmió. Se quedó en el portal, primero por no estar sola, luego porque no podía irse: aquello la había agarrado por algún sitio que no sabía nombrar. Vio a Vicente sostener, con un ladrillo negro y doce voltios, el hilo que unía su pueblo con el resto del planeta. Le vio pedir cambio y dar recibido, deletrear apellidos con palabras raras —Salvat: «Sierra, Alfa, Lima, Victor, Alfa, Tango»—, apuntar la hora de cada mensaje, agradecer a corresponsales invisibles con nombres en clave que empezaban por Eco Alfa. Hacia las tres de la madrugada, una de las voces lejanas confirmó, entre estática: el número siete, entregado. La señora llorando de alivio, decía la voz. Que quien lo haya pasado le diga a la hija que su madre le manda un beso.

Vicente tachó la línea siete de la libreta y escribió al lado, con su letra de técnico antiguo: 03:12 — entregado.

—Te manda un beso tu madre —le dijo a Marina, sin levantar la vista.

Marina Salvat, treinta y un años, maestra de primaria, una persona que hasta ese martes creía que «la radio» era una app de podcasts, se echó a llorar en un portal a oscuras que olía a barro. Lloró de alivio y de otra cosa. De vergüenza, casi: de haber vivido toda la vida encima de una infraestructura ajena, delicadísima, sin saberlo. Su móvil, tan listo, era un cristal negro sin nada dentro. Y el trasto de Vicente, con sus pinzas de batería, seguía hablando.

Los días siguientes fueron los que fueron; no hace falta contarlos aquí. Baste decir que la luz tardó, que el agua potable tardó más, que llegaron miles de voluntarios con botas y palas, y que durante casi una semana, en muchos pueblos, el tablón de anuncios más fiable siguió siendo una libreta cuadriculada junto a una batería de coche.

Fue en diciembre, con el pueblo aún lleno de contenedores y de barro seco, cuando Marina llamó al timbre de Vicente. El hombre abrió con un delantal de cocina y cara de sorpresa.

—Vengo a preguntarte una cosa y no te rías —dijo Marina—. Aquella noche... tú no eras el único, ¿verdad? Había más gente haciendo lo mismo.

—Cientos —dijo Vicente—. En toda la provincia. Gente en su casa, gente subida a un monte con una batería, gente al otro lado de España tomando nota y haciendo llamadas. Hay hasta una red oficial de Protección Civil hecha de radioaficionados voluntarios, la REMER. ¿Por qué?

—Porque quiero aprender. —Le salió más brusco de lo que quería, y lo suavizó—: Quiero entenderlo. Quiero saber por qué tu aparato funcionaba cuando todo lo demás se había apagado. Y quiero... —buscó las palabras exactas, porque era maestra y las palabras exactas eran su oficio— no volver a quedarme muda. Nunca más. Si el mundo se vuelve a apagar, quiero ser de las que hablan.

Vicente se quedó un momento callado, con la mano en la puerta. Por encima del hombro del viejo, Marina vio el pasillo en penumbra y, al fondo, una puerta cerrada con una placa pequeña de latón: EA5RKV — EA5YLA.

—Pasa —dijo Vicente por fin—. Te va a costar meses, te lo digo ya. Hay un examen oficial, con su temario y su tribunal, y no lo regalan. Electricidad, antenas, leyes... de todo.

—Soy maestra. Los exámenes me pillan de cerca.

—Y otra cosa. —Vicente sonrió por primera vez, y fue como si la casa se iluminara un poco—. Esto no va de tener un cacharro para emergencias. Eso es lo de menos, eso lo hace cualquier walkie chino. Esto va de entender el invisible. Cuando lo entiendas, la emergencia será solo un martes más en el que sabes hacer algo útil. ¿Café?

Y así, en una cocina que olía a puchero, con el pueblo todavía en obras al otro lado de la ventana, empezó esta historia. La de cómo una maestra de primaria aprendió, desde el átomo hasta el Boletín Oficial del Estado, el oficio más antiguo del aire.

En la sección siguiente, la teoría te contará qué es exactamente eso que hacía Vicente en el portal: qué es el servicio de radioaficionados, de dónde viene, qué permite la ley y por qué un siglo después de su invención sigue siendo, cuando todo falla, lo último que queda en pie.