Cuando todo falla: curso completo de radioafición en España

3 · La electricidad desde el átomo6 min read

Historia — Doce voltios de vida

Vallverd de l'Horta, enero.

El cuarto de radio de Vicente Roig olía a polvo bueno: a libros, a barniz viejo y a algo eléctrico que Marina no supo nombrar. Era una habitación pequeña orientada al este, con una mesa de madera maciza, dos aparatos grandes apagados, un mapa del mundo lleno de chinchetas descoloridas y, colgada en la pared, una llave de telégrafo de latón que brillaba como si alguien la limpiara cada semana.

—Mi mujer era la telegrafista —dijo Vicente, siguiendo su mirada—. Amparo. EA5YLA. Yo soy de micrófono; ella decía que hablar por radio era desperdiciar electrones. —Sonrió apenas—. Ya te contaré. Hoy toca empezar por el principio.

—El principio es... ¿esto? —Marina señaló los aparatos apagados.

—El principio es la pregunta que me hiciste en diciembre. Me preguntaste por qué mi equipo funcionaba la noche de la DANA cuando todo lo demás se había apagado. Todo el mundo cree que la respuesta es «porque la radio es mágica». La respuesta de verdad es más bonita: es porque yo entiendo de dónde sale la energía de mis aparatos, cuánta necesitan y cuánto me queda. Eso es lo primero que aprende un radioaficionado. No antenas. No frecuencias. Electricidad.

Sacó de debajo de la mesa una caja de plástico y fue poniendo objetos sobre la madera como quien reparte cartas: una pila de petaca, una bombilla pequeña con dos cables, un trozo de hilo de cobre, una goma elástica, un destornillador con mango de plástico y una cosa rectangular con una pantallita y dos cables, uno rojo y uno negro.

—Un polímetro —dijo, antes de que preguntara—. El fonendoscopio del electricista. Mide lo invisible. Hoy lo invisible somos tú y yo.

—Vicente, yo soy de letras. Te lo digo ahora para que gestiones tus expectativas.

—Amparo era peluquera. —Lo dijo sin solemnidad, ordenando sus cachivaches—. Se sacó la licencia en el ochenta y uno, cuando en la provincia había tres mujeres con indicativo, y acabó dando clases de electrónica a ingenieros en el radioclub. «De letras», «de ciencias»... esas etiquetas son jaulas, Marina. La electricidad no te pide un título. Te pide diez minutos de atención. ¿Me los das?

Marina acercó la silla.

Vicente conectó la bombilla a la pila. Se encendió, amarilla y humilde.

—Cuéntame qué acaba de pasar.

—La pila... le da energía a la bombilla.

—¿Por dónde?

—Por los cables.

—¿Y qué viaja por los cables?

Marina abrió la boca. La cerró. Treinta y un años usando enchufes y no tenía ni idea de qué pasaba dentro de un cable.

—Eso —dijo Vicente, satisfecho como cuando un alumno descubre que no sabe— es la pregunta con la que empieza todo. Y la respuesta empieza mucho más abajo de lo que crees. Empieza en el átomo. Dentro del cobre de este cable hay una multitud inimaginable de electrones sueltos, vagando sin rumbo. La pila no los crea: los ordena. Los empuja a todos en la misma dirección, como cuando el maestro da una palmada en el patio y el caos se hace fila. Esa fila de electrones en marcha es la corriente. La palmada del maestro, el empujón, es la tensión: los voltios. Y lo que le cuesta a la fila avanzar por el pasillo, los codazos, el rozamiento, es la resistencia.

—Corriente, tensión, resistencia —repitió Marina, con oficio de maestra que ya está haciendo memoria.

—Las tres caras de la misma moneda... aunque las monedas tienen dos caras y esto son tres, no me estropees la metáfora. Hay una ley que las une, la ley de Ohm, y es tan corta que cabe en un billete de metro. Cuando la entiendas, sabrás leer cualquier circuito del mundo. Pero antes... —levantó un dedo, teatral— quiero que sufras un poco. ¿Recuerdas la noche del portal?

—Cada minuto.

—¿Recuerdas qué alimentaba mi equipo?

—La batería del coche.

—Doce voltios. —Vicente sacó de la caja una libreta cuadriculada, la misma libreta, y Marina sintió un pequeño escalofrío al reconocerla—. Aquella noche mi emisora consumía, hablando, unos diez amperios. La batería era de sesenta amperios-hora. Hazme la cuenta, maestra: ¿cuántas horas de radio tenía yo en esa batería?

Marina miró los números como se mira un idioma extranjero que, de pronto, casi se entiende.

—¿Sesenta entre diez...? ¿Seis horas?

—Seis horas si hubiera estado transmitiendo sin parar, que es lo que hace un aficionado nervioso. Pero escuchando, el equipo consumía menos de un amperio. Por eso mi regla de aquella noche era: escuchar mucho, hablar poco y corto. Cuarenta y una gestiones con una sola batería, y al amanecer aún le quedaba cuerda. —Cerró la libreta—. Eso, Marina, es la diferencia entre tener un aparato y entender un aparato. La gente del pueblo cree que aquella noche hice magia con la radio. No. Hice aritmética con la electricidad. La magia era saber cuántas horas de voz me quedaban en doce voltios.

Se levantó, descolgó de la pared un marco pequeño que Marina no había visto y se lo tendió. Era una foto en blanco y negro: una mujer joven, de pelo recogido, sentada ante una emisora enorme con una llave de morse bajo la mano derecha y una libreta —cuadriculada— bajo la izquierda.

—Octubre del ochenta y dos —dijo Vicente—. La pantanada de Tous. Amparo estuvo tres días pasando listas de evacuados desde el radioclub. Yo estaba en otro sitio, con otro puente de radio; esa historia te la debo y te la pagaré más adelante. Te enseño la foto por un motivo: mira la mesa. ¿Qué ves al lado de la emisora?

Marina acercó el marco. Junto al equipo, en la foto, había una batería de coche con sus pinzas.

—No había luz en media Ribera —dijo Vicente—. Tres días de radio salieron de baterías que la gente traía de los tractores. Quien entendía de voltios y amperios estuvo en el aire setenta y dos horas. Quien no, se quedó mudo la primera noche con la batería agotada de dejarlo todo encendido. —Recuperó el marco y lo volvió a colgar, exactamente en su clavo—. El examen te va a preguntar la ley de Ohm con fórmulas, y las vas a aprender. Pero tú y yo sabemos ya para qué sirven de verdad: para que, cuando el mundo se apague, tú sepas exactamente cuánta voz te queda.

Encendió el fluorescente de la mesa, colocó la pila, la bombilla y el polímetro en fila, como un pequeño ejército, y le acercó a Marina una silla más.

—Venga. Átomos, voltios, amperios y ohmios. Cuando salgas de aquí esta tarde, vas a saber qué viaja por un cable. Y ya no lo vas a poder desaprender nunca.


Lo que Vicente le contó a Marina aquella tarde de enero es, punto por punto, la teoría que viene ahora: qué es la carga eléctrica, qué son de verdad un voltio, un amperio y un ohmio, la ley que los une y cómo se calcula la potencia y la energía —incluida la cuenta exacta de la batería de aquella noche—.