Cuando todo falla: curso completo de radioafición en España

11 · Medir, protegerse y convivir6 min read

Historia — La tormenta y el televisor

Vallverd de l'Horta, finales de agosto.

La tormenta llegó un miércoles a media tarde, anunciada desde el mediodía por ese aire quieto y amarillo que en Vallverd, desde octubre, nadie volvería a mirar con inocencia. No fue una DANA: fue una tormenta de verano normal, ruidosa y breve. Pero Marina descubrió que su cuerpo ya no entendía de matices meteorológicos: cuando el primer trueno rodó sobre la Serra Perenxisa, estaba subiendo las escaleras de casa con la compra, y tuvo que pararse en el rellano un momento, la mano en la barandilla, hasta que el corazón volvió a su sitio.

Lo primero que hizo al entrar no fue guardar la compra. Fue llamar a Vicente.

—¿La antena? —preguntó sin saludar.

—Desconectada desde las tres, maestra. —La voz de Vicente tenía una sonrisa dentro—. Y la tuya la he desconectado yo, que me diste llaves para regar las plantas y hago un uso extensivo de la confianza. El latiguillo está fuera del receptor y metido en el bote de cristal, como te enseñé. Baja cuando escampe y te cuento por qué el bote no es manía de viejo.

Cuando escampó, el cuarto de radio olía a tierra mojada por la ventana abierta. Vicente había sacado sobre la mesa su arsenal de tormentas: el descargador de gas que había instalado en la bajada de antena de Marina —«un fusible para rayos: se sacrifica él para que no entre por el cable»—, la pica de tierra de cobre con su cable gordo y trenzado, y una libreta con fechas.

—Regla primera y única de los rayos: no se torea. Un rayo directo no lo para nada de lo que puedas comprar; lo que sí puedes evitar es lo que mata equipos y personas de verdad, que casi nunca es el rayo directo: es la inducción. Un rayo que cae a trescientos metros induce en diez metros de hilo de antena tensión de sobra para ejecutar un receptor... o los dedos que sujetan el conector. Por eso: tormenta anunciada, antena desconectada Y el cable lejos del equipo y de ti. El bote de cristal es teatro, te lo concedo, pero es teatro pedagógico: cable dentro del bote, cable que no está en tu mano.

—¿Y la tierra? —Marina señaló la pica.

—La tierra son dos tierras, y esa distinción te va a caer en el examen y en la vida. Una es la tierra de seguridad eléctrica, la del enchufe: para que si un cable de 230 se suelta dentro del equipo, el fusible salte en vez de esperarte a ti. Otra es la tierra de radiofrecuencia y de tormentas: pica en el suelo, cable corto y gordo, para que las corrientes que induce el cielo tengan un camino mejor que tú. Se parecen, se saludan, no son la misma señora.

El segundo acto de la tarde llegó al día siguiente, y no lo trajo la tormenta: lo trajo Morientes, el vecino del 2.º B, con el mando de la tele en la mano y cara de pocas ferritas.

—Marina, guapa, no te lo tomes a mal. —Se lo estaba tomando mal él—. Pero desde que tienes el aparato ese... Ayer por la noche, la película, cada dos por tres: rayas. Rayas y como un ruido, ta-ta-tá, ta-ta-tá. Y mi señora dice que si no será la antena vuestra del tejado, y yo digo que algo será, porque casualidad, casualidad...

Marina sintió el impulso antiguo de disculparse en bloque y prometer lo que fuera. Un año antes lo habría hecho. En su lugar, se oyó decir, con una calma que le salió sola:

—Puede ser, Morientes. En serio: puede ser. Y si soy yo, se arregla, y lo vas a comprobar tú mismo. ¿Me dejas hacer una prueba esta tarde? Tú miras la tele y yo transmito y dejo de transmitir cuando tú me digas, y salimos de dudas en diez minutos.

(«Primera ley de las interferencias», le había dicho Vicente semanas atrás: «jamás niegues de entrada, jamás asumas de entrada. Se mide. La mitad de las veces no eres tú; la otra mitad sí, y en las dos te conviene saberlo».)

La prueba fue un pequeño acontecimiento comunitario. Lucía de enlace por el hueco de la escalera —«¡AHORA TRANSMITE!», «¡AHORA NADA!»—, Morientes de observador ante su tele, Marina en el receptor... transmitiendo no: aún no podía. Transmitió Vicente desde la estación de Marina con su indicativo, cinco series cortas en 40 metros, potencia baja primero, luego media.

Veredicto: con potencia baja, nada. Con media, rayas: ta-ta-tá.

—Culpables —dictaminó Vicente con serenidad de forense, ya de vuelta en el rellano—. A medias, Morientes, y esto es importante: tu tele también pone de su parte, que lleva un amplificador de antena de los de oferta que traga lo que no debe. Pero eso da igual: el problema se arregla en tu lado y en el mío, y lo pago yo, que para eso mi señal es la que se cuela. Mañana te traigo unas piezas.

Las piezas eran ferritas de la lata de Amparo: dos para el cable de antena del televisor de Morientes, una para el amplificador de la oferta, «y de propina, una para el cargador del portátil de tu señora, que ese bicho mete más ruido en mis bandas que tú películas ves, y así quedamos en paz técnica y diplomática». Vicente además revisó su propia estación: filtro paso bajo, apretón a las tierras, y una nota en la libreta de fechas.

El sábado, Morientes paró a Marina en el portal.

—Ni una raya, la película entera. —Bajó la voz, confidencial—. Oye, y mi cuñado, que vive en Torrent, dice que él con la radio del taxi tenía un ruido en el salón que ni te cuento, y que nadie se lo arregló nunca. ¿El señor Roig y tú... hacéis visitas?

Aquella noche, Marina escribió en el cuaderno la entrada que meses después le contaría a Lucía como el momento exacto en que entendió de qué iba realmente este oficio:

Hoy hemos arreglado unas rayas en una tele con cuatro anillos de ferrita y algo de método. Nadie ha gritado y hemos ganado un aliado. Vicente dice que el examen le llama a esto «compatibilidad electromagnética» y que el nombre técnico de lo que hemos hecho es «medir antes de opinar». Dice también que el instrumento más caro del cuarto de radio es el polímetro y el más valioso, la libreta. Empiezo a creerle. Nota: queda nada para el examen. Los nervios, ta-ta-tá.


Todo lo de este episodio es materia oficial del temario, y de la que más se agradece saber en la vida real: los instrumentos de medida y cómo se conectan, la seguridad eléctrica (rayos, tierras, tensiones que no perdonan), y las interferencias en los dos sentidos: las que causas y las que sufres, con las ferritas y los filtros como herramientas de paz. La teoría, ahora.