Historia — La caja de Amparo
Vallverd de l'Horta, marzo.
El primer domingo de marzo, Vicente madrugó a Marina con un mensaje seco: «Rastro de Xenillet a las 8. Trae monedas y desconfianza». Lucía se autoinvitó por el grupo, como siempre, con tres exclamaciones y cero signos de apertura.
El mercadillo ocupaba el descampado junto al polígono, y entre los puestos de ropa y aceitunas había tres mesas que eran el motivo del viaje: cajas de cartón llenas de aparatos muertos, cables enredados como sedal y bandejas de piezas sueltas que brillaban al sol de la mañana.
—Regla número uno —dijo Vicente, plantándose ante la primera mesa—: aquí todo está roto hasta que se demuestre lo contrario. Regla número dos: casi todo lo roto se puede arreglar si sabes qué pieza ha muerto. Y regla número tres: para saber qué pieza ha muerto, primero hay que saludarlas por su nombre. —Cogió de una bandeja un cilindrito con franjas de colores—. ¿Esto?
—Una resistencia —dijo Marina, que había hecho los deberes—. Se opone al paso de la corriente.
—¿Cuánta?
—...¿Lo pone en algún sitio?
—Lo pone en los colores. Marrón, negro, rojo: mil ohmios. Las franjas son un código, cada color una cifra. Os lo enseño esta tarde; es más fácil que aparcar. —Devolvió el cilindro y levantó otra pieza, un botoncito cerámico naranja—. ¿Esto?
Silencio. Lucía le hizo una foto para buscarla luego.
—Condensador. Y aquello es una bobina, y eso de las patitas negras un transistor, y esa lenteja de cristal un diodo. Cuatro familias y media, no hay más. Con cuatro familias y media está hecho todo lo que emite y recibe en este planeta: la emisora del portal, el móvil que llevas en el bolsillo y el satélite que te da la hora. La diferencia entre mirar electrónica y verla es saberse cuatro apellidos.
En la tercera mesa pasó la cosa que Marina tardaría en olvidar. Bajo dos radiocasetes destripados asomaba un aparato gris, grande, con un frontal lleno de mandos redondos y un cristal rectangular donde dormía una aguja. Vicente se quedó quieto de una forma nueva. Lo desenterró con las dos manos, con un cuidado que no había usado con nada aquella mañana.
—¿Qué es? —preguntó Lucía.
—Un receptor de comunicaciones. De los años setenta. —Vicente giró el aparato y recorrió con el dedo la tapa trasera, los conectores, una pegatina ilegible—. Había uno igual en el radioclub cuando yo era chaval. Con uno de estos escuché mi primer QSO... y con uno de estos hizo Amparo la escucha de Tous, las tres noches. —Le dio la vuelta otra vez, lo miró como se mira una foto de grupo donde ya faltan muchos—. Este está muerto, ¿eh? Huele a condensador reventado desde aquí. Y el que lo venda no tiene ni idea de lo que tiene.
Pagó doce euros sin regatear, cosa que, según supo Marina después, era en Vicente el equivalente a un discurso solemne.
De vuelta, en el cuarto de radio, Vicente no fue a la mesa: fue al armario del fondo, el que nunca abría. Sacó una caja de galletas danesas de lata, de las que en todas las casas del mundo guardan hilos y botones. En la tapa, en rotulador ya castaño, ponía «AMPARO — REPUESTOS. NO TOCAR (VICENTE)».
—El paréntesis es literal —dijo—. Yo tenía prohibido tocar aquí dentro. Amparo reparaba; yo opero. Cada cual su liturgia.
Dentro no había hilos ni botones. Había docenas de cajitas etiquetadas con letra pequeña y clara: R 1/4W surtido, C cerámicos NP0, electrolíticos 25V — ¡MIRAR FECHA!, diodos Ge (quedan 3, tesoro), 2N2222 y amigos, ferritas varias. Había un cuaderno de tapas duras con esquemas a lápiz. Y había, encajada en una esquina, una foto pequeña: Amparo, ya mayor, con gafas de cerca y un soldador en la mano, riéndose de algo que había al otro lado de la cámara.
—Me reía yo —dijo Vicente, sin que nadie preguntara—. Le acababa de traer un transistor que no era. Por tercera vez. —Cerró un segundo los ojos, los abrió, y era otra vez el profesor—: Bueno. La lata dice que no toque yo. De vosotras no dice nada. Marina, Lucía: os presento el plan del mes. Vamos a devolverle la voz al aparato del rastro, pieza a pieza, con los repuestos de Amparo. Y de paso os vais a aprender las cuatro familias y media: qué hace cada componente, cómo se lee, cómo se mide y cómo se muere. Porque os aviso de algo que los libros no dicen: los componentes se mueren cada uno a su manera, y conocer sus muertes es media reparación.
—¿Y la otra media? —preguntó Lucía.
—Paciencia y luz buena. —Vicente puso el receptor gris sobre la mesa, le quitó la tapa con ocho tornillos exactos y lo inclinó hacia ellas. Dentro había una ciudad: avenidas de cobre, edificios cilíndricos, semáforos de colores—. Mirad bien. A partir de hoy, esto deja de ser «cables y cosas». Esta tarde: resistencias y el código de colores. El sábado: condensadores, que son los que peor envejecen, como algunos vecinos. El otro: bobinas y transformadores. Y cuando lleguemos a los transistores... —dio un golpecito cariñoso a la chapa gris— este señor cantará.
Marina miró la ciudad de cobre y pensó, con una punzada de vértigo agradable, que ocho semanas atrás aquello habría sido ruido visual. Ahora distinguía ya las resistencias con sus anillos de colores, como pequeñas cebras ordenadas. Era poquísimo. Era muchísimo.
—¿Y si no canta? —preguntó, por picarle.
Vicente colocó la foto de Amparo apoyada en la lata, de cara a la mesa de trabajo, como quien sienta a la inspectora de la obra.
—Cantará. Aquí nunca se ha dejado un aparato sin voz. —Y encendió el flexo.
Las «cuatro familias y media» de Vicente son el temario oficial de componentes, y caen en el examen con nombres y apellidos: resistencias y su código de colores, condensadores, bobinas y transformadores, diodos y transistores (la media familia son las válvulas, que ya casi no se ven pero el examen aún saluda). La teoría te los presenta a todos, uno a uno.