Ampliación — La guerra de los modos
Cada modo de la teoría tiene detrás una guerra, un pleito o una herejía. Esta ampliación cuenta las mejores: el inventor de la FM contra el imperio, el día que la SSB humilló a los gigantes, por qué el morse estuvo a punto de morir por decreto y resucitó por amor al arte, y la polémica FT8 que Dani y Vicente escenifican cada sábado en todos los clubes del planeta.
Armstrong contra el mundo: la tragedia del inventor de la FM
La FM no fue una evolución: fue la obra de un solo hombre, Edwin Howard Armstrong, posiblemente el mayor ingeniero de radio de la historia (suyo son también el receptor superheterodino que verás en la sección 7 y el circuito regenerativo que hizo prácticos los primeros receptores). En 1933, tras años buscando cómo eliminar la estática, presentó una FM de banda ancha con calidad de sonido que nadie creía posible. Y ahí empezó su calvario: la radio comercial AM (con su aliada RCA, a la que Armstrong había hecho rica) vio en la FM una amenaza a su imperio, no una mejora. Siguieron dos décadas de zancadillas magistrales: cambios regulatorios que movieron la banda de FM de sitio dejando obsoletos de un plumazo medio millón de receptores, pleitos de patentes eternos, guerra de desgaste económico. Armstrong, arruinado y agotado, se quitó la vida en 1954. Su viuda, Marion, continuó los pleitos y los ganó absolutamente todos. Hoy cada walkie, cada emisora de FM comercial y cada repetidor de radioaficionado son monumentos involuntarios a un hombre al que el mundo dio la razón demasiado tarde. Cuando el examen te pregunte por la inmunidad al ruido de la FM, ya sabes cuánto costó esa respuesta.
La SSB y el general escéptico
La banda lateral única se conocía matemáticamente desde los años veinte (la telefonía transatlántica por cable-radio la usaba ya en 1927: el ancho de banda era carísimo y suprimir redundancias, rentable). Pero en radioafición y comunicaciones militares reinaba la AM, y la SSB parecía cosa de teóricos: «voz de pato», equipos complicados, sintonía delicada. La conversión llegó a lo grande en los años cincuenta: las Fuerzas Aéreas de EE. UU. necesitaban hablar con bombarderos al otro lado del polo, y la AM no llegaba. Las pruebas comparativas fueron tan apabullantes —la SSB rendía como una AM de diez veces más potencia en condiciones malas— que el Strategic Air Command la adoptó en bloque, y detrás, en cascada, la aviación de largo alcance, la marina y los radioaficionados, que para 1960 ya habían convertido la onda corta en territorio SSB. La radiodifusión y la aviación civil de corto alcance, con millones de receptores simples desplegados, se quedaron en AM: cambiar cuesta más que malgastar. Las bandas de aficionado fueron, como tantas veces, el laboratorio donde el futuro ensayó con público.
El morse: muerto por decreto, vivo por devoción
Durante casi un siglo, el examen de radioaficionado incluyó una prueba de telegrafía: recibir y transmitir morse a cierta velocidad era el peaje de entrada a la onda corta, por tratado internacional (el morse era la lengua franca del socorro marítimo, y todo operador debía poder usarla). La Conferencia Mundial de Radiocomunicaciones de 2003 (WRC-03) dejó el requisito a criterio de cada país, y España, como casi todos, lo eliminó: desde entonces el diploma español se obtiene sin saber una sola letra de morse.
Lo que pasó después desconcertó a los sociólogos del hobby: liberado de la obligación, el morse no se murió. Rejuveneció. Los segmentos de CW de las bandas siguen llenos cada tarde; hay clubes dedicados (FISTS, CWops, el español grupo CW-EA), academias gratuitas por videoconferencia (CW Academy, LICW), concursos específicos y hasta campeonatos de alta velocidad donde se copian indicativos a más de 50 palabras por minuto, de cabeza. La explicación la dio sin querer Amparo en la frase que citaba Vicente: obligatorio era un peaje; voluntario es un arte. Aprenderlo hoy cuesta unas decenas de horas bien llevadas (apps como las basadas en el método Koch ayudan), abre el modo más eficaz del espectro tras los digitales, y —testimonio universal de quienes lo hablan— engancha como un idioma secreto. Este curso no lo exige, el examen tampoco; la historia de Marina, ya lo verás, acaba rozándolo.
FT8: la polémica de los quince segundos
Cuando Joe Taylor (K1JT, físico, Nobel de Física 1993 por los púlsares binarios: el nivel de los frikis de este hobby es ese) publicó FT8 en 2017, el modo se comió el mundo en dos años. Sus números son mágicos: decodificar a −20 dB bajo el ruido significa completar contactos con señales cincuenta veces más débiles que lo audible. Continentes con 5 vatios y un hilo de balcón, como Dani.
La polémica que encarna cada discusión Dani-Vicente es real y sigue abierta en todos los radioclubs del mundo. Los cargos: el intercambio FT8 son cuatro datos automatizados (indicativos, localizador, reporte), el software lo hace casi todo, y hay quien deja la estación desatendida coleccionando países mientras cena —lo cual, además de triste, incumple la normativa de operación en la mayoría de países—. La defensa: es radio real (propagación real, antenas reales, física real), ha devuelto al aire a miles de operadores urbanos sin espacio para antenas decentes, y sus registros masivos y automáticos (PSK Reporter) han creado el mejor observatorio de propagación jamás construido, ciencia ciudadana pura. El veredicto sensato es el de Amparo: cada modo cuenta una parte del mundo. FT8 te dice si hay camino hasta Japón esta tarde; la SSB te dice cómo se llama el operador de Osaka; el CW, cómo escribe. Aprende los tres y decide tú qué conversación te apetece cada noche.
El heterodino que escuchaba submarinos, o de dónde viene el BFO
Ese oscilador del receptor que convierte el morse mudo en tono musical (el BFO de la teoría) tiene pedigrí: el principio del heterodino —mezclar dos frecuencias para crear una tercera audible— lo patentó Reginald Fessenden en 1901, y su primera aplicación estelar fue la escucha de los transmisores de arco y alternadores de la Primera Guerra Mundial. En los receptores de los años diez y veinte, el operador afinaba de oído el tono de cada estación como quien afina un violín; dos operadores veteranos reconocían las estaciones por su «nota». Cien años después haces exactamente lo mismo cuando el pato se convierte en señor de Albacete bajo tu dedo: heterodinaje fino. La sección 7 te enseñará que el receptor moderno entero —el superheterodino, «el hetero-dino superlativo»— es ese truco aplicado en cadena.
Por qué la aviación sigue en AM (y es a propósito)
Sorpresa habitual de los recién llegados al escáner: las torres de control y los pilotos, en pleno siglo XXI, hablan en AM pura de los años treinta (banda aérea, 118-137 MHz). No es desidia: es diseño. Primera razón: en AM no existe el efecto captura de la FM; si dos aviones transmiten a la vez, la torre oye la mezcla —un galimatías, pero un galimatías audible que delata la colisión de transmisiones—, mientras que en FM la señal débil desaparecería limpiamente y nadie sabría que un piloto se quedó sin ser oído. En seguridad aérea, enterarse del conflicto vale más que la calidad de audio. Segunda: receptores simples, robustos, certificables. Tercera: inercia de flota mundial, que tampoco es despreciable. Moraleja de ingeniería que vale un curso: «mejor» nunca es absoluto; es mejor para algo. La FM es mejor para tu repetidor local; la AM, para que no se pierda un mayday.
Para seguir tirando del hilo
- Wikipedia (CC BY-SA): «Edwin Armstrong» (léela entera: pocas biografías técnicas duelen y enseñan tanto), «Single-sideband modulation», «FT8» y «WSJT-X».
- Ken Burns tiene un documental temprano, Empire of the Air (1991), sobre Armstrong, Sarnoff y De Forest: la guerra de la radio estadounidense contada como el drama que fue.
- pskreporter.info: el mapa en vivo de quién decodifica a quién en FT8 en el planeta ahora mismo. Aunque no transmitas, busca qué se está oyendo desde España esta noche: es el parte meteorológico de la ionosfera, gratis, y la sección 9 te explicará sus porqués.
- Si el morse te ha guiñado el ojo: LCWO.net (gratuito, método Koch, en español). Diez minutos al día. En tres meses, conversación. Nadie lo ha lamentado nunca.