Cuando todo falla: curso completo de radioafición en España

9 · Antenas: el alma de la estación6 min read

Historia — La azotea en discordia

Vallverd de l'Horta, julio.

La guerra de la azotea empezó, como todas las guerras civilizadas, con un orden del día. Punto cuarto de la junta ordinaria de la comunidad de vecinos de Calle Mayor 14: «Solicitud de instalación de antena en cubierta (Sra. Salvat, 2.º)». Marina llegó a la reunión con una carpeta, el corazón a 120 y el apoyo logístico de Vicente, que se había autoinvitado en calidad de «asesor técnico y vecino más viejo que el ascensor».

El plan era modesto: un dipolo para la banda de 40 metros —«dos hilos de diez metros, Puri, hilos, ni torre ni plato ni nada que se vea desde la calle»— colgado entre el casetón del ascensor y un mástil de tres metros. Marina aún no tenía licencia, pero el examen era en octubre y la antena, le había dicho Vicente, se negocia antes de aprobarse, «porque las obras de verano y las juntas de vecinos van a otra velocidad que el Ministerio; y mientras tanto, con la antena puesta, escuchas, que es la mitad del oficio».

Puri, presidenta desde tiempos del canal analógico, escuchó la propuesta con los brazos cruzados.

—A ver si lo entiendo. Hilos de cobre encima de mi tejado para hablar tú con Australia.

—Técnicamente para escuchar Australia de momento. Hablar, en octubre, si apruebo.

—¿Y eso no da cáncer, o interferencias, o llama a los rayos?

—Lo de los rayos lo llevamos con tierra y desconexión, te lo enseño cuando quieras —terció Vicente, pacífico—. Lo del cáncer, Puri, llevas cuarenta años durmiendo a doscientos metros del repetidor de telefonía del silo y no te ha pasado nada; esto radia menos que tu microondas. Y lo de las interferencias es justo al revés: la antena buena y alta es la que NO interfiere. El que interfiere es el que transmite desde un balcón con un cacharro mal puesto, porque toda su potencia se queda en el edificio. Cuanto más arriba y más limpio, más lejos de vosotros.

—Eso lo dices tú.

—Eso lo dice la física. Y si la física no te vale, te traigo el boletín.

Aquí Marina abrió la carpeta y jugó la carta que llevaba preparada: la Ley 19/1983, sobre el derecho a instalar en el exterior de los inmuebles antenas de estaciones radioeléctricas de aficionado. Una ley con cuarenta años, cortita, que establecía que los radioaficionados con licencia podían instalar sus antenas en los edificios donde vivieran, con las debidas condiciones técnicas y de seguridad, y previo conocimiento de la comunidad.

—No vengo a imponer nada —dijo Marina, en su mejor tono de reunión de padres—. La ley me ampararía, pero yo quiero hacerlo como se debe: proyecto por escrito, instalador con seguro para el anclaje del mástil, y si algún día molesta algo, se revisa. Solo pido lo que pediría para un toldo.

—Los toldos no hablan con Australia —dijo Puri, pero ya sin los brazos cruzados.

Lo que desatascó la junta no fue la ley ni la física. Fue Encarna, la del primero, que llevaba callada toda la reunión y pidió la palabra para decir una sola cosa:

—Puri, el hilo ese dejadlo que lo ponga. Que el año pasado, cuando lo del agua, bien que subimos todos a casa de este señor a pedirle que avisara a nuestros hijos con la radio. La mía lo supo por él. —Silencio—. Los hilos de cobre no se ven desde la calle, pero aquella noche se vieron muy bien.

Se aprobó con un voto en contra (el del cuarto B, que vota en contra de todo desde 2011, incluido el arreglo de su propia gotera, por coherencia).

El sábado siguiente fue día de obra. Dani trajo el cable coaxial «del bueno, que el barato en HF se come tus vatios como churros», un balun que parecía un yoyó gordo —«esto es para que el cable no se ponga a hacer de antena por fuera, ya te lo explicará el jefe con dibujos»— y un aparatito con pantalla que llamaban analizador. Lucía subió a la azotea con el cuaderno de mediciones y la solemnidad de una ingeniera de la NASA. Vicente dirigió la maniobra desde una silla plegable, a la sombra del casetón, con las manos detrás de la cabeza.

—Diez metros y cinco centímetros cada brazo —dictó—. Que Marina me diga por qué.

Marina, en lo alto de la escalera, recitó mientras ataba el aislador:

—Trescientos entre siete coma cero noventa, longitud de onda completa; el dipolo es media onda, y luego se acorta un pelín porque el hilo gordo y el aislante... frenan la onda. ¿El cinco por ciento?

—El cinco por ciento, factor de velocidad del hilo, muy bien. Ahora lo comprobamos con el aparato, porque la teoría dimensiona y la medida manda.

El analizador dijo que la antena resonaba en 6,9 MHz: larga. Recortaron veinte centímetros por brazo, midieron otra vez: 7,08. Otro pellizco: 7,12, ROE 1,2, y Dani silbó de aprobación.

—¿Y ese número qué me dice? —preguntó Marina, bajando de la escalera.

—Que de toda la energía que mandes ahí arriba, casi toda se va al aire y casi nada rebota de vuelta. La ROE es la medida del acuerdo entre tu equipo, tu cable y tu antena. Uno coma dos es un acuerdo excelente. Ya entenderás los divorcios.

A las ocho y media de la tarde, con el sol bajo y la azotea recogida, conectaron el receptor gris del rastro —ascendido oficialmente a «receptor de guardia de la señora Salvat»— al coaxial nuevo. Marina giró el dial en la banda de 40, la misma que llevaba meses escuchando con la antena provisional del balcón, un hilo de cuatro metros con más voluntad que física.

No era la misma banda. Era un océano donde antes había un charco. Estaciones que antes eran susurro ahora empujaban la aguja del S-meter; debajo de cada susurro de antes había tres capas más de señales que ni sospechaba: Italia, Escocia, un ruso paciente llamando sin prisa, y al fondo, finísimo, un hilo de morse que Vicente identificó de pasada, con la taza de café en la mano, sin mirar el dial siquiera:

—Ese es un faro de baliza, en Finlandia. Buena señal esta tarde. Buena antena, maestra.

Marina apuntó en el cuaderno, esa noche: La diferencia entre mi hilo del balcón y el dipolo de la azotea no la hace ningún amplificador de ninguna tienda. La hace la altura, la medida y el acuerdo. Nota: preguntar qué pasa exactamente cuando el acuerdo se rompe —dice Vicente que la semana que viene toca «el divorcio»: ROE alta, y por qué puede quemarte el equipo—.


Todo lo que se dijo en esa azotea —por qué el dipolo mide lo que mide y se acorta un 5 %, qué es la resonancia de una antena, qué significa la ROE y qué pasa cuando sube, para qué sirve el balun de yoyó y por qué el coaxial barato «se come los vatios»— es la teoría que viene, que es además una de las partes con más preguntas del examen: antenas y líneas de transmisión.