Cuando todo falla: curso completo de radioafición en España

12 · El arte de operar5 min read

Historia — El simulacro

Vallverd de l'Horta, septiembre.

La circular llegó al club a primeros de septiembre, con membrete de la Delegación del Gobierno: simulacro provincial de emergencias, tercer sábado del mes, ejercicio conjunto de comunicaciones con activación de la red de radioaficionados voluntarios. Escenario ficticio: episodio de lluvias torrenciales con fallo parcial de comunicaciones en tres comarcas. A nadie en el local hizo falta explicarle por qué ese escenario, ni por qué este año el simulacro era el doble de grande.

—Nosotros cubrimos el puesto del polideportivo —explicó Salva en la reunión de preparación, señalando el mapa—. Estación fija en VHF con el repetidor comarcal, HF en 40 por si el ejercicio «tira» los repetidores, que lo hará, porque los ejercicios los diseñan con mala idea, como debe ser. Vicente, tú de jefe de estación. Dani, HF. Y necesito un escribiente bueno: alguien que registre cada mensaje con su hora, su origen, su destino y su texto literal, sin inventar, sin resumir y sin ponerse nervioso.

Todo el club miró a Marina con una unanimidad que le calentó la cara.

—Yo no tengo licencia todavía —dijo—. El examen es en dos semanas.

—Para escribir no hace falta licencia, hace falta cabeza. —Salva le tendió una carpeta con formularios—. Y la escucha, ya lo sabes, es libre. El micrófono no lo tocas; el bolígrafo es todo tuyo.

El sábado del simulacro amaneció de un azul insultante, como para compensar. A las nueve, el puesto del polideportivo era un pequeño organismo vivo: la vertical de VHF en el mástil telescópico, el dipolo NVIS que Dani había tendido bajito entre dos canastas —«a cuatro metros, sí señora, hoy no queremos DX, hoy queremos la provincia entera sin zona de silencio»—, y la mesa de operación con dos equipos, dos libretas y un termo heredado de tres generaciones de concursos.

A las 9:30, el repetidor comarcal escupió la primera llamada del ejercicio, y Marina descubrió que existía un idioma dentro del idioma.

—EA5RCT, aquí Eco-Charlie-Uno del puesto de mando, ¿me copia? Cambio.

—Eco-Charlie-Uno, aquí EA5RCT, le copio cinco por nueve, adelante. Cambio.

—QSL. Mensaje número uno del ejercicio, precedencia rutina, ¿preparados para copiar? Cambio.

Vicente, micrófono en mano, se transformó. No era el vecino de los rosales ni el profesor de los sábados: era otra cosa, algo más antiguo y más exacto. Hablaba más despacio que en la vida, cortaba cada transmisión con «cambio» como quien cierra una puerta con suavidad, deletreaba cada apellido en el alfabeto de los aviadores —«Ferrandis: Foxtrot, Eco, Romeo, Romeo, Alfa, November, Delta, India, Sierra»—, repetía las cifras de dos maneras —«uno-cuatro, catorce»— y confirmaba cada mensaje recibido con un QSL y su número. A su lado, Marina escribía. Hora, origen, destino, precedencia, texto. El formulario tenía casillas para todo, y descubrió con una punzada de reconocimiento que la libreta cuadriculada de la noche de la DANA había sido esto: la versión de guerra, a mano alzada, de estos formularios de paz.

A media mañana, tal como Salva había profetizado, la organización del ejercicio «tiró» el repetidor: aviso por megafonía, repetidor comarcal fuera de servicio por guion, pasen a alternativa. El puesto cambió a HF sin drama: Dani en el dipolo bajito, la provincia entera oyéndose a través del cielo a noventa grados, y Marina comprobó en vivo lo que la sección 9 le había contado en teoría: ni zona de silencio, ni repetidor, ni infraestructura: física pura y una antena a la altura de una canasta.

Hubo un momento, hacia la una, que Marina apuntó luego en su cuaderno personal con la tinta de los días importantes. El ejercicio inyectó un mensaje de prioridad alta —simulado, pero con reglas reales—: evacuación preventiva de una residencia, listado de doce nombres con medicaciones. Doce nombres. Y Marina, bolígrafo en mano, sintió el peso exacto de cada letra: Carmen con C de Charlie o con K de Kilo; la diferencia es una señora que aparece o no aparece en una lista. Escribió, pidió repetición de dos apellidos —Vicente le enseñó el gesto: dos dedos, «solicita repetición» sin interrumpir—, leyó de vuelta el listado completo para verificación, y cuando el corresponsal confirmó «QSL, listado correcto», entendió el mensaje catorce de Tous desde dentro, del todo, para siempre.

La exactitud es una forma de piedad. Ahora era su frase también.

El ejercicio terminó a las cinco con la burocracia amable de los simulacros: partes finales, estadillos, foto de grupo con la Delegación. El evaluador del puesto —un funcionario mayor con pinta de haber visto muchos septiembres— hojeó los registros de Marina, todos los mensajes con su hora y su verificación, y le preguntó cuántos años llevaba en esto.

—Empecé en enero. No tengo licencia aún. Me examino en dos semanas.

El hombre miró a Vicente, que andaba recogiendo cable con la parsimonia de los que nunca parecen cansados, y luego otra vez a Marina.

—Pues dígale a su profesor que el registro de este puesto es el mejor que he visto hoy. Y apruébeme ese examen, que operadores gritones nos sobran y escribientes exactos nos faltan.

Aquella noche, mientras el club celebraba con horchata el «notable alto» del ejercicio, Marina rellenó en la sede electrónica del Ministerio, con Vicente mirando por encima del hombro y sin tocar nada, la solicitud de examen. Convocatoria de octubre, Jefatura Provincial de Valencia. Pagó la tasa, guardó el justificante, y se quedó un momento mirando la pantalla de confirmación.

—¿Nerviosa? —preguntó Vicente.

—Menos que en el simulacro. —Lo pensó mejor—. Distinto. En el simulacro me daba miedo fallarle a la lista de la residencia, aunque fuera mentira. En el examen solo puedo fallarme a mí.

—Craso error. —Vicente cogió su chaqueta del respaldo—. Si suspendes, ¿quién me escribe a mí los registros en el próximo simulacro? ¿Dani? Dani abrevia. —Se estremeció con teatro—. No, no. Apruebas. El sábado repasamos el código Q entero y la rueda de la URE, y el domingo te hago un simulacro de examen yo, que soy más duro que el Ministerio. Duerme, escribiente. Que dentro de nada, el bolígrafo lo cambias por el micro.


Ese idioma dentro del idioma —el alfabeto Alfa-Bravo-Charlie, el código Q, el «cinco por nueve», las precedencias, el cambio y el QSL, el arte de pasar una lista de nombres sin perder una letra— es el temario de esta sección: los procedimientos de operación, que son materia oficial del examen y, sobre todo, la diferencia entre tener licencia y saber estar en el aire.