Historia — Lo que guarda una caja
Vallverd de l'Horta, junio.
El examen de octubre dejó de ser una idea abstracta el día que Marina imprimió el temario oficial y lo subrayó entero en la sala de profesores, entre exámenes finales de sus propios alumnos. Aquel folio lleno de fosforito fue también la causa de la primera discusión seria con Vicente.
—Receptores y transmisores —leyó Vicente, cuando Marina llegó con el folio—. Bien. Pues hoy abrimos el mío.
Sobre la mesa del cuarto de radio estaba el segundo aparato, el que nunca había visto encendido: un transceptor de HF de los años noventa, sobrio, con más horas de vuelo que muchos pilotos. Vicente ya tenía el destornillador preparado.
—¿Vamos a operarlo? —preguntó Marina—. ¿No era sagrado?
—Sagrado es que entiendas lo que hay dentro. Los equipos se compran, se venden y se mueren. Lo que sabes de ellos, no. —Vicente levantó la tapa con el mismo gesto litúrgico de los ocho tornillos del receptor gris—. Además, este me lo sé de memoria. Fue el último equipo que reparamos Amparo y yo juntos. Silencioso total en recepción, resultó ser el mezclador. Tres tardes de diagnóstico. Nos peleamos dos veces y nos reconciliamos tres, que es el balance correcto de una buena reparación en pareja.
Dentro, el transceptor era el receptor gris multiplicado: más ciudad, más barrios, blindajes metálicos como manzanas de edificios.
—Te va a pasar una cosa —dijo Vicente—. Vas a mirar esto y vas a querer entenderlo pieza a pieza, como hiciste con la fuente. Y no se puede: aquí hay dos mil componentes. Los ingenieros tampoco lo miran así. Lo miran por bloques: esto es el frente de recepción, esto el mezclador, esto la frecuencia intermedia, esto la cadena de audio, esto el amplificador de potencia de transmisión, esto las protecciones. Una docena de cajas que se pasan la señal como en una cadena de montaje. El examen te pedirá el plano de las cajas, no los dos mil tornillos. Y el plano de las cajas tiene un truco central, un solo truco, que llevo todo el curso preparándote sin decírtelo: el receptor no intenta trabajar en la frecuencia que tú sintonizas. Traduce todas las emisoras, sea cual sea su frecuencia, a una única frecuencia interna fija, y hace todo el trabajo fino allí, en su taller, con las herramientas clavadas en la pared. Se llama superheterodino. Lo inventó un militar con insomnio hace un siglo y no hemos encontrado nada mejor.
—¿Y cómo la traduce?
—Con el columpio de Dani y una mezcla. Mañana te lo cuento con papel. Hoy quiero enseñarte otra cosa. —Vicente señaló, en una esquina de la placa, un módulo pequeño con un blindaje soldado a mano, distinto del resto, con el estaño menos industrial—. ¿Ves esto? Esto no venía de fábrica. Esto es un filtro que añadió Amparo. Un filtro estrechísimo para telegrafía, de cristal, de los caros. Me lo regaló cuando cumplí sesenta años. Yo quería una bicicleta estática. —Hizo una pausa exacta—. Tenía razón ella, como comprenderás: la bicicleta sería hoy un tendedero.
Marina se rio, y en la risa se le coló la pregunta que llevaba meses guardando:
—Vicente, ¿por qué dejaste de emitir? Cuando murió Amparo. Dani me contó que estuviste dos años sin encender esto. Y que la noche de la DANA fue la primera vez.
Vicente dejó el destornillador. Se quitó las gafas, las limpió con el faldón de la camisa, operación que Marina ya sabía identificar como su manera de ganar tiempo.
—¿Qué te ha contado Dani exactamente?
—Eso. Y que en el club nadie te preguntó nada cuando volviste. Que apareciste en la red de emergencia a las nueve y media de la noche con tu indicativo y tu batería, como si no hubieran pasado dos años, y que Salva dice que se le hizo un nudo que todavía le dura.
—Salva es un sentimental. —Vicente volvió a ponerse las gafas. Miró el transceptor abierto, el filtro con el estaño artesano—. Hay una historia de Tous que no te he contado. Te conté que Amparo pasó las listas de evacuados desde el club. No te conté qué hacía yo. Yo estaba en el puesto de mando avanzado, con veintiocho años y el equipo prestado de un compañero, porque el mío se había quedado bajo el agua. Tres días con sus noches pasando tráfico. El segundo día me llegó un mensaje para retransmitir. Una familia de Valencia buscaba a su abuelo, de un pueblo de la Ribera. Sumacàrcer. Nombre, edad, la calle. Lo pasé aguas arriba, a la estación que llevaba el registro de evacuados de esa zona, y me quedé con la copia en mi libreta, como marca el procedimiento. Aquella estación tenía que confirmarme. QSL del mensaje catorce, tenía que decirme. Nunca llegó el QSL.
—¿Qué pasó?
—Pasó que aquella noche hubo que evacuar también la estación de aguas arriba. Pasó que eran tres días de caos con equipos prestados y baterías de tractor, y que el compañero que llevaba el registro salió corriendo con lo puesto, como todo el mundo. El mensaje catorce se quedó sin cursar en una libreta, dentro de una casa vacía. —Vicente lo contaba con la voz plana del que ha alisado un recuerdo a fuerza de pasarlo—. El abuelo estaba vivo. Lo habían evacuado el primer día en un camión del ejército, a un polideportivo de Alzira. Pero su familia estuvo nueve días creyéndolo muerto, porque su nombre no estaba en ninguna lista de las que sí llegaron. Nueve días, Marina. Una señora mayor me buscó meses después para preguntarme por qué. Guardaba el resguardo mental de aquel mensaje como quien guarda un billete de tren. Y yo no tuve nada que darle, salvo el procedimiento: yo pasé el mensaje, no me lo confirmaron, no insistí. No insistí porque había doscientos mensajes más y dormía dos horas por noche. Todo verdad. Y la señora me escuchó, me dio las gracias, y al irse me dijo una cosa que me cambió el oficio: «No le culpo, hijo. Pero apunte esto en su libreta: para ustedes era el mensaje catorce. Para nosotros era el abuelo».
El cuarto de radio se quedó en un silencio que ni el ventilador del techo se atrevió a tocar.
—Desde entonces soy el pesado del QSL —dijo Vicente por fin—. El pesado de la libreta, de la hora exacta, del confirma-que-me-has-copiado. Los del club se ríen de mí con cariño y hacen bien, porque soy un pesado. La exactitud es una forma de piedad, Marina. No es una frase bonita: es el mensaje catorce. —Cogió otra vez el destornillador, lo hizo girar entre los dedos—. Lo demás... lo de Amparo, por qué dos años de silencio y por qué volví justo aquella noche... esa es la otra mitad de la historia, y no se cuenta con un equipo abierto y las tripas al aire. Se cuenta en su momento. Te debo un final; me lo cobrarás cuando toque.
Cerró la tapa del transceptor, apretó los tornillos en cruz, como se debe, y lo encendió. El equipo arrancó con un pitido corto y el S-meter dio su pequeña patada de bienvenida.
—Y ahora —dijo, con la voz ya en su sitio de profesor—, vamos a lo nuestro, que el examen no espera. Mañana: el truco del taller de frecuencia fija. Superheterodino, mezclador, frecuencia intermedia. Y por qué tu receptor, aunque sea del año noventa y uno, escucha mejor que casi cualquier cosa que se fabrique hoy... si sabes lo que le pides.
El «truco del taller» que Vicente promete —traducir cualquier frecuencia a una frecuencia interna fija donde se hace el trabajo fino— es el receptor superheterodino, el corazón de la teoría que viene, junto con su gemelo inverso: el transmisor. Bloques, no tornillos: exactamente lo que el examen pide.