Cuando todo falla: curso completo de radioafición en España

2 · La radio cuando todo falla6 min read

Ampliación — Historias que casi nadie cuenta

La teoría te ha dado el mapa. Esta ampliación es para disfrutar: piezas de historia y curiosidades que no caen en el examen, pero que explican por qué este hobby tiene el alma que tiene. Y alguna, ya verás, la contarás tú también.

Por qué a los radioaficionados se les llama «hams»

En inglés, radioaficionado se dice ham. El origen exacto se ha discutido durante un siglo: la versión más aceptada es que ham era el insulto que los telegrafistas profesionales dedicaban a los operadores torpes (algo así como «manazas»), y que los aficionados de principios del siglo XX, bombardeados con ese desprecio por los operadores comerciales con los que compartían ondas, hicieron lo más elegante que se puede hacer con un insulto: apropiárselo con orgullo. Hay otras teorías más pintorescas (unas siglas, una estación de Harvard), pero carecen de pruebas sólidas. Lo que es seguro es que hacia 1920 ham ya era una bandera y no una ofensa.

«200 metros y por debajo»: el mayor error de cálculo de la historia del espectro

Merece la pena detenerse en el episodio que la teoría solo esbozó. Tras el hundimiento del Titanic, la Radio Act estadounidense de 1912 confinó a los aficionados a longitudes de onda de 200 metros o menores (en frecuencia: 1,5 MHz hacia arriba). La ciencia oficial de la época estaba convencida de que la radio útil era la de ondas largas —cuanto más larga la onda, más lejos llegaba, se creía— y que por debajo de 200 metros solo había ruido y alcance de juguete. Se lo dieron a los aficionados como quien da a los niños el solar abandonado del barrio.

En noviembre de 1923, tras años de intentos organizados, el estadounidense Fred Schnell (1MO) y el francés Léon Deloy (8AB) lograron el primer contacto bidireccional transatlántico de aficionados en unos 110 metros. En los meses siguientes cayeron records uno tras otro con potencias domésticas, y quedó claro que las ondas cortas rebotaban en algo allá arriba (la ionosfera, cuya existencia se confirmó experimentalmente poco después) y daban la vuelta al mundo casi gratis. El «solar abandonado» resultó tener petróleo. En la Conferencia Radiotelegráfica Internacional de Washington (1927) los gobiernos y empresas se repartieron la onda corta, pero los aficionados, recién organizados en la IARU, salvaron los muebles: conservaron las bandas armónicas de 160, 80, 40, 20 y 10 metros que —con retoques— siguen siendo las tuyas hoy. La historia completa está contada con detalle en los archivos históricos de la ARRL y en Two Hundred Meters and Down (Clinton B. DeSoto, 1936), el clásico sobre el tema.

Moraleja que ningún radioaficionado olvida: los aficionados no heredaron las mejores bandas; descubrieron que las suyas lo eran.

EAR: los pioneros españoles

En España, los primeros experimentadores de los años veinte operaban con indicativos que empezaban por EAR. La radioafición española sobrevivió a una guerra civil (durante la cual fue suspendida y los equipos requisados), a posguerras con la actividad bajo mínimos y a décadas de trámites laboriosos, hasta la explosión de los años setenta y ochenta. La URE, fundada en 1949, publicó durante décadas la revista Radioaficionados, que sigue existiendo. Cuando en la sección 12 veas que los prefijos españoles son EA, EB y EC, ya sabrás de dónde viene la familia: aquel EAR primitivo.

Un dato que sorprende: el número de licencias de radioaficionado en España rondó en su pico histórico las decenas de miles, cayó con la llegada de Internet... y en los últimos años la tendencia mundial se ha invertido. En Estados Unidos hay hoy más licencias que nunca en la historia. Internet no mató la radio: le quitó lo rutinario y le dejó lo mágico.

Mujeres en el aire: las YL

En el argot del morse, a las operadoras se las llama YL (young lady, sea cual sea su edad; una operadora casada era tradicionalmente XYL, etiqueta hoy en desuso por razones obvias). Ha habido YL desde el minuto uno: en los años veinte, operadoras como Clara Reger o las pioneras de la telegrafía naval abrieron camino en un mundo abrumadoramente masculino, y organizaciones como las YLRL (Young Ladies' Radio League, 1939) llevan casi un siglo tejiendo red. En España las YL fueron pocas y valiosas durante décadas; cualquier veterano de un radioclub recuerda con nombre y apellido a las primeras de su provincia. En nuestra historia, la placa de latón junto a la puerta del cuarto de radio de Vicente tiene dos indicativos. El segundo, EA5YLA, era de Amparo. Ya la conocerás.

La estación de radioaficionado más lejana: 400 km de altura

Desde 1983 (programa SAREX, luego ARISS) los astronautas llevan radio de aficionado al espacio. Varios astronautas y cosmonautas tienen licencia, y la Estación Espacial Internacional mantiene una estación operativa con la que se organizan contactos programados con escuelas: niños haciendo preguntas a un astronauta con un walkie y una antena casera, mientras la ISS cruza el cielo en diez minutos de pase. Fuera de esos eventos, la ISS activa a veces un repetidor y los radioaficionados de a pie hablan a través de ella. Piénsalo: tu primera estación, la que montarás tras aprobar, será técnicamente capaz de comunicarse con una nave espacial. Pocas aficiones pueden decir eso el primer día.

Tous, 1982: la noche que fundó una red

El 20 de octubre de 1982, tras lluvias torrenciales de una magnitud que hoy nos suena tristemente familiar, la presa de Tous reventó. La riada del Júcar inundó la Ribera; hubo decenas de muertos y cien mil evacuados. Las comunicaciones convencionales quedaron arrasadas y, durante días, radioaficionados de toda España improvisaron puentes de radio para socorro, listas de desaparecidos y mensajes familiares: el mismo trabajo, casi gesto por gesto, que sus nietos técnicos harían en octubre de 2024. Aquella experiencia convenció a la Administración de que valía la pena organizar ese voluntariado de forma estable: en 1986 nació formalmente la REMER como red nacional de Protección Civil.

Cuarenta y dos años separan Tous de la DANA de Valencia. Cambió todo —los equipos, las redes, los móviles, los satélites— y no cambió nada: cuando el agua se llevó las infraestructuras, lo que quedó fue gente con baterías, antenas y procedimiento. Si algún día te cruzas con un radioaficionado valenciano de más de sesenta años, pregúntale por Tous. Y prepárate para escuchar un rato en silencio.

El detalle que delata a un buen operador

Una última miniatura, esta de puro oficio. En la historia, Vicente apuntaba en su libreta la hora de cada mensaje y confirmaba cada entrega con la palabra QSL (código Q que significa «acuse de recibo»: lo aprenderás en la sección 11). Esa manía de la exactitud —hora, texto literal, confirmación— no es neurosis de viejo técnico: es el corazón del tráfico formal de mensajes, una disciplina con un siglo de pulido que existe porque en una emergencia un mensaje deformado puede costar una vida. «La exactitud es una forma de piedad», dirá Vicente más adelante en esta historia. Cuando llegues a la sección 11, sabrás exactamente a qué se refiere.

Para seguir tirando del hilo

  • Clinton B. DeSoto, Two Hundred Meters and Down: The Story of Amateur Radio (ARRL, 1936) — el clásico histórico; en inglés, se encuentra en bibliotecas digitales.
  • Los archivos históricos de la IARU (iaru.org → historia) sobre la conferencia de 1927 y la defensa de las bandas.
  • Página de la REMER en proteccioncivil.es, incluido su vademécum público.
  • ARISS (ariss.org): cómo se organizan los contactos escolares con la ISS; si eres docente, toma nota, porque puedes solicitar uno para tu centro.