Cuando todo falla: curso completo de radioafición en España

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Epílogo — La red

Vallverd de l'Horta, la primavera siguiente.

El aviso llegó un jueves por la tarde, con el cielo todavía azul sobre la huerta: nivel rojo por lluvias torrenciales en el litoral de Valencia a partir de la medianoche. Los móviles de todo el pueblo chirriaron a la vez con la alerta de Protección Civil, y en el bar Els Tarongers se hizo ese silencio de dos segundos que desde la DANA acompaña a todos los chirridos.

Esta vez, sin embargo, hubo diferencias.

A las siete, el grupo de Telegram del Radio Club Túria («el bueno») ya había pasado lista: baterías cargadas, equipos revisados, quién cubría qué. A las ocho, la red de radioaficionados voluntarios de la provincia hizo su rueda de comprobación programada en el repetidor comarcal y en 40 metros, por si acaso: cuarenta y una estaciones, QSL uno a uno, cinco minutos. A las nueve, Marina Salvat —EA5JMS, cinco meses de indicativo, ciento doce contactos en el log y un dipolo con nombre en la azotea— repasó su lista personal, pegada con imán en la nevera desde octubre: linterna, agua, radio portátil, batería, la carpeta de frecuencias. Le sobraba casi todo: se lo sabía de memoria. La lista no estaba para leerla. Estaba para no tener que pensar.

A las once y media llamó a Vicente.

—¿Preparado?

—Desde las seis. La vertical aguanta lo que venga y he bajado el dipolo por precaución, que abril es traicionero. —Una pausa, y Marina oyó de fondo el chasquido familiar del equipo encendiéndose—. ¿Nerviosa?

—Menos que aquella noche.

—Eso es lo que cambia, ¿sabes? La lluvia no nos pregunta. Lo único que elegimos es cómo nos encuentra. —Otra pausa, más suave—. Amparo tenía una frase para las noches de guardia. «No podemos parar la riada. Podemos ser el hilo.» Descansa un rato, EA5JMS. Si esto va a mayores, la red abre a la una en el repetidor, y si cae el repetidor, ya sabes: cuarenta metros, la frecuencia de siempre. Esta vez no te tocará escuchar por el hueco de la escalera.

La riada, esta vez, no llegó. Llovió durísimo tres horas, el barranco bajó lleno pero obediente, los barrancos de más adentro dieron sustos y titulares, y hacia las cinco de la madrugada el nivel rojo se apagó como se apagan ahora los miedos modernos: con una notificación. La red de voluntarios pasó la noche en guardia tranquila —comprobaciones cada hora, dos incidencias menores retransmitidas al 112, un transformador caído en un camino rural que un compañero de Torrent localizó y comunicó antes que nadie— y a las seis, el control provincial cerró la rueda dando las gracias a las estaciones participantes, una por una, con sus indicativos.

—...y Eco Alfa Cinco Juliett Mike Sierra, gracias por el turno de tres a seis. Buen trabajo, señores. QRT de la red hasta nueva activación, y que sea tarde.

Marina se quitó los auriculares con ese cansancio limpio de las guardias sin desgracia. Por la ventana del salón —su estación cabía en una mesa plegable junto a la ventana, como tantas primeras estaciones— entraba el gris perla del amanecer sobre los naranjos mojados. En el log, con su letra de maestra, quedó la última línea de la noche: 06:04 UTC+2, cierre de red, sin novedad en Vallverd.

Sin novedad. Escribió las dos palabras y se quedó mirándolas.

Pensó en Rosa, su madre, que dormía tranquila en Valencia sabiendo que su hija tenía «lo de la radio», y que ahora presumía de ello en el mercado con una imprecisión técnica escandalosa y un orgullo perfectamente exacto. Pensó en Lucía, que llevaba tres meses de teoría en el club y el 60 % de aciertos en los tests de práctica, subiendo. Pensó en Morientes, que la paraba en el portal para preguntarle «si venía tormenta de las de radio o de las normales». Pensó en el operador argentino que le dijo que el cielo no se iba a ninguna parte. Pensó en Amparo, a la que no conoció y a la que le debía una llave de latón que ya sabía sostener, aunque el morse fuera todavía —Vicente tenía razón, era un idioma— una conversación de balbuceos a doce palabras por minuto, los martes, con el zumbador, antes de cenar.

Y pensó en la libreta cuadriculada. En que todo aquello —el átomo y el decibelio, la ionosfera y el Boletín Oficial del Estado, el columpio de Dani y el mensaje catorce de Vicente— había empezado en realidad en una sola línea de aquella libreta: 03:12 — entregado.

La exactitud es una forma de piedad. La radio, una forma de vecindad. Y aprender —esto lo sabía ella mejor que nadie, era su oficio— aprender es la única manera honesta de no volver a quedarse mudo.

Apagó el equipo. La pantalla ámbar se fundió a negro, como cada noche, como en el cuarto de radio de Vicente desde hacía cuarenta años. Mañana era viernes: colegio por la mañana, y por la tarde, en el club, tocaba enseñarle a Lucía la ley de Ohm con una pila y una bombilla.

Le iba a gustar. Empezaba todo por ahí.


Aquí termina la historia de Marina. La próxima voz de la red puede ser la tuya: el último capítulo te dice exactamente cómo.