Cuando todo falla: curso completo de radioafición en España

13 · La ley de la radio7 min read

Historia — El día del examen

Valencia, octubre.

La Jefatura Provincial de Inspección de Telecomunicaciones ocupaba una planta de edificio administrativo con luz de fluorescente y ese silencio de moqueta que tienen los sitios donde se deciden cosas pequeñas que son enormes. Marina llegó veinticinco minutos antes, con el DNI, el justificante de la tasa y un bolígrafo que no iba a necesitar, porque el examen era por ordenador, pero que llevaba igual, porque era maestra y una maestra sin bolígrafo es una contradicción andante.

Había otros siete convocados en la sala de espera. Un chaval de veintipocos con camiseta de un grupo de música que Marina fingió conocer. Dos jubilados que se conocían de un curso de la URE y repasaban en voz baja potencias por bandas como quien reza. Una mujer de la edad de Marina con uniforme de técnico de emergencias sanitarias. Un señor con corbata, nerviosísimo, que confesó sin que nadie le preguntara que era su segundo intento, que en el primero le tumbó la normativa, «la normativa, quién me lo iba a decir, si yo soy ingeniero».

—La normativa tumba al que la desprecia —dijo uno de los jubilados, con la serenidad del que aprobó en 1979—. La técnica se entiende. La ley hay que respetarla: leerla entera, que son cuatro artículos bien escritos.

Marina pensó en Vicente, que le había hecho leer la Orden IET/1311/2013 «entera y dos veces, una de corrido y otra con lápiz», y le mandó un pensamiento de gratitud por encima de la huerta.

El simulacro del domingo anterior había sido peor que cualquier examen. Vicente había preparado sesenta preguntas «de las que le gustan al Ministerio, más tres o cuatro de las mías, para que sudes», cronómetro en mano, en la mesa del cuarto de radio, con la foto de Amparo presidiendo. Cincuenta y un aciertos de sesenta. «Apta con margen», había dictaminado Vicente, «pero la pregunta dieciocho la has fallado por leer rápido, y leer rápido en un examen tipo test es como transmitir sin escuchar: de novatos. El sábado, en el examen de verdad, cada enunciado dos veces. La primera para leer, la segunda para leer lo que pone.»

Los llamaron por lista. Ordenadores individuales, mampara, el funcionario explicando el sistema con amabilidad de rutina: primera prueba, electricidad y radioelectricidad, treinta preguntas; segunda, normativa, otras treinta; noventa minutos en total; los resultados, provisionales al terminar.

Marina respiró como le había enseñado su profesora de yoga y como le había enseñado Vicente, que era la misma respiración pero con otra liturgia («antes de contestar, las manos quietas encima de la mesa, dos segundos: en radio se llama escuchar la frecuencia»).

Primera prueba. La ley de Ohm la saludó en la pregunta tres como una vieja amiga: doce voltios, sesenta ohmios, y Marina sonrió a la pantalla porque eran, literalmente, los números de la bombilla de la primera tarde de enero. Salió la frecuencia imagen, y vio el taller de frecuencia fija de Vicente. Salió el dipolo con sus 142,5 partido por efe, y estuvo un momento otra vez en la azotea, con el sol de julio y la voz de Encarna diciendo lo de los hilos que se vieron muy bien. Salió la capa D, la villana diurna, y la esporádica E, y una de decibelios que se resolvía con la tabla del 3 y el 10 que Dani le había hecho recitar delante de una tortilla de patatas.

Contestó las treinta. Repasó las treinta, cada enunciado dos veces. Le sobraron doce minutos que dedicó a la segunda prueba con el corazón ya en su sitio.

La normativa fue territorio conocido: el artículo 30 y el tráfico de terceros en emergencias —«esa pregunta la aprendiste en un portal a oscuras», habría dicho Vicente—, los distintivos y sus prefijos, la identificación cada diez minutos, las potencias por banda, la definición de la UIT con sus tres fines y su «sin fines de lucro», la banda de 2 metros compartida a título primario, el HAREC y la CEPT. La pregunta veintinueve era de las retorcidas —una doble negación sobre estaciones repetidoras— y Marina la leyó dos veces, la segunda para leer lo que ponía, y tachó mentalmente al Ministerio de la lista de gente que la iba a pillar aquel día.

Salió a la sala de espera cuarenta minutos antes del límite. El sistema tardó un rato burocrático que se hizo geológico, y entonces el funcionario fue llamando, uno a uno, con la neutralidad profesional de quien reparte a diario alegrías y disgustos idénticamente encarpetados.

—¿Salvat Ribes? —Una pausa de un siglo—. Las dos pruebas superadas. Recibirá la resolución y el diploma; le llegará también el procedimiento para solicitar la autorización y el distintivo. Enhorabuena.

Marina bajó a la calle con el otoño de Valencia en la cara y llamó a Vicente. No le salían las palabras en orden, así que dijo lo único que encontró, y resultó que era exactamente lo que había que decir:

—Vicente. QSL. Las dos.

Al otro lado hubo un silencio corto, de los que caben en dos segundos y llevan dentro dos años, un portal a oscuras, una lata de galletas y cuarenta sábados de pizarra y café.

—Recibido y confirmado —dijo Vicente por fin, con la voz un poco tomada y el procedimiento intacto—. Aquí hay dos personas que se alegran, aunque una no esté. Sube a Vallverd, escribiente. Hay horchata y papeles que rellenar: la autorización no se pide sola.

El distintivo llegó seis semanas después, en la resolución que Marina abrió con las manos no del todo firmes en la mesa del cuarto de radio, con Vicente, Dani y Lucía de testigos convocados con carácter de urgencia nacional.

EA5JMS.

—Eco Alfa Cinco Juliett Mike Sierra —lo deletreó Lucía antes que nadie, por derecho de veteranía adolescente.

—Juliett Mike Sierra —repitió Marina, probándoselo como se prueba un abrigo—. Me gusta cómo suena.

—Sonará mejor en el aire —dijo Dani—. Esta noche, rueda del club. Estreno oficial. He traído patatas.

Vicente se levantó sin decir nada y salió del cuarto. Volvió con una caja pequeña de madera, gastada en las esquinas, y la puso delante de Marina con un cuidado que hizo que todos bajaran la voz sin saber por qué.

Dentro, sobre un paño, estaba la llave de morse de latón. La de la pared. La que brillaba como si alguien la limpiara cada semana, porque alguien la limpiaba cada semana.

—Era de Amparo. Su primera llave, la del año ochenta y uno. —Vicente la giró suavemente, y en la base, grabado a punzón con letra menuda, se leía: EA5YLA—. Ella tenía una teoría: que las llaves no se heredan, se confían. Decía que una llave parada es un instrumento muerto, y que los instrumentos no se guardan, se tocan. —Carraspeó, se colocó las gafas—. Yo no soy telegrafista, nunca lo fui. Cuarenta años limpiándola sin saber usarla como merece. Así que la llave te busca a ti, EA5JMS. No corre prisa: el morse ya no cae en el examen. Pero algún día, cuando quieras, la enchufamos, y le devuelves la voz. En esta casa nunca se ha dejado un aparato sin voz.

Marina no pudo contestar según el procedimiento, porque hay confirmaciones que no caben en un QSL. Cerró la caja despacio, la puso junto a su diploma, y aquella noche, en la rueda del Radio Club Túria, una voz nueva dijo por primera vez, con el temblor exacto y reglamentario de todos los estrenos:

—Aquí Eco Alfa Cinco Juliett Mike Sierra... EA5JMS, por primera vez en frecuencia, y a la escucha.

Y media provincia, uno a uno, por turno y con su indicativo, le dio la bienvenida al aire.


Todo lo que Marina tuvo que saber para esa segunda prueba —el reglamento español artículo por artículo, los distintivos y sus prefijos, las bandas y potencias, la UIT y la CEPT, las estaciones especiales, las infracciones y sanciones— es la teoría que viene ahora: la última gran estación del temario antes de tu propio día del examen.