Historia — Las voces de pato
Vallverd de l'Horta, mayo.
La feria de mayo trajo a Vallverd tres días de orquesta, buñuelos y un apagón de cuarenta minutos que nadie se tomó a mal porque coincidió con la mascletà. La normalidad, impensable apenas unos meses atrás, se había vuelto a instalar en el pueblo con esa tozudez amable de las cosas pequeñas. Solo quedaban dos cicatrices a la vista: la marca parda en la pared del frontón, a metro y medio del suelo, que el ayuntamiento había decidido no pintar —debajo habían puesto una placa diminuta: Para no olvidar—, y la costumbre nueva de que en el bar Els Tarongers ya nadie se reía del «club de los antenas».
En el club, aquella tarde de sábado, Marina tenía una cita pendiente con un pato.
—A ver —dijo Dani, girando la silla del puesto de HF hacia ella—. La señorita dijo en febrero, cito textualmente del acta que llevo en la cabeza, que las voces raras del dial sonaban «a pato con prisa». Hoy toca convertir el pato en persona. Siéntate, que esto se hace mejor con las manos.
El transceptor del club estaba en la banda de 40 metros. Dani buscó despacio hasta encontrar una señal fuerte: efectivamente, un graznido gangoso, ridículo, ininteligible.
—Escucha bien el pato. Y ahora, mira. —Señaló un mando rotulado con algo que Marina ya sabía leer: un pequeño dial de sintonía fina—. El pato no existe. El pato eres tú, escuchando desde el sitio equivocado. Gira tú misma. Despacio. Hercio a hercio.
Marina giró. El graznido bajó de tono, se espesó, se redondeó... y de pronto, como una imagen que enfoca, se volvió una voz de señor de Albacete comentando que por fin había llovido decente. Marina soltó el mando como si quemara.
—¡Está ahí!
—Siempre estuvo. —Dani se recostó, satisfecho—. Eso que acabas de sintonizar se llama banda lateral única, SSB para los amigos. Es el modo en que hablamos en onda corta desde hace setenta años. Y tiene una particularidad preciosa: la emisora no envía la voz entera. Envía... cómo te lo explico... envía solo la sombra de la voz, recortada, sin el resto del cuerpo. Tu receptor tiene que reconstruir el cuerpo poniendo de su parte el trozo que falta. Si tu receptor lo pone un poquito desplazado, la voz se reconstruye mal: pato. Si lo clavas: Albacete.
—¿Y por qué mandan la sombra en vez de la voz entera? Parece un lío.
—Porque la sombra ocupa la mitad de sitio y gasta la mitad de energía. —Dani cogió un folio y dibujó tres jorobas—. Mira, esto es lo que saldría al aire con el modo antiguo, el AM de las radios de toda la vida: una portadora gorda en el centro, que no dice nada, solo lleva; y dos copias de tu voz, una a cada lado, idénticas. Como pagar tres billetes para viajar uno. El invento fue: quita la portadora, quita una de las copias, y lanza solo la otra. Todo tu vatio va a la información. A cambio, el receptor tiene que ser más listo. La radio es esto, maestra: un siglo de gente encontrando maneras de decir más gastando menos.
—¿Y la FM? En el coche no hay patos.
—Porque la FM es otra filosofía. En vez de esculpir la amplitud de la onda, mueves su frecuencia al ritmo de la voz, y el receptor solo escucha «hacia dónde se mueve». El precio es que ocupa mucho más ancho. En onda corta, donde el sitio es oro, sería de mala educación. En VHF, donde hay sitio de sobra, es la reina: por eso tu futuro walkie será de FM. Cada modo tiene su hábitat. Como los bichos.
Vicente, que andaba cerca ordenando tarjetas QSL, aportó desde su mesa, sin levantar la vista:
—Dile lo del morse.
—Iba a ello. El morse, CW en fino, es el caso extremo de la filosofía «di más con menos»: ni voz ni sombra. Enciendes y apagas la portadora. Punto, raya. Ocupa un hilillo de espectro finísimo, como doscientos hercios, cuando una voz en SSB gasta dos mil setecientos. Por eso, cuando las señales son agónicas, el morse pasa donde la voz se ahoga: toda tu energía concentrada en un alfiler. —Dani bajó la voz teatralmente—. Y luego está el FT8, que es el morse de los ordenadores: cincuenta hercios de ancho, mensajes de quince segundos, y decodifica señales que ni se oyen. Con eso he hecho yo ciento cuarenta y tres países desde un séptimo piso con una antena de balcón. El señor Roig opina cosas del FT8.
—Opino —dijo Vicente, sin dejar las tarjetas— que es una maravilla técnica y una conversación de ascensor. Ciento cuarenta y tres países y no sabes cómo se llama ninguno de los operadores. Amparo decía que el morse era conversación y el digital, notaría. Pero era más lista que yo y que tú, y añadía: «cada modo cuenta una parte del mundo que los otros no ven». Así que haz caso a la difunta y aprende los dos.
Aquella noche, ya en casa, Marina descubrió el juguete definitivo. Dani le había apuntado en un papel: websdr.org — receptores por Internet, gratis, todos los modos. Para practicar sin licencia. Abrió uno de los receptores en el portátil, y apareció una cascada de colores cayendo lentamente: el espectro entero de la banda de 40 metros, en vivo, con cada señal dibujada como una columna de fuego sobre fondo azul.
Y de pronto lo vio. Lo vio con los ojos, antes de oírlo: las columnas anchas y dobles del AM de las emisoras grandes, con su espina central brillante —la portadora gorda que no dice nada, solo lleva—. Los penachos flacos, de un solo lado, de la SSB —¡la sombra sin cuerpo, tal cual la había dibujado Dani!—. Los hilillos intermitentes del morse, finos como pelos. Y una franja bajita y ordenada, casi burocrática, donde decenas de rayitas parpadeaban a la vez cada quince segundos exactos: el barrio del FT8, la notaría de Dani, trabajando a esa hora con medio planeta.
Estuvo hasta la una de la madrugada saltando de señal en señal, convirtiendo patos en personas con el ratón, leyendo el espectro como quien ha aprendido de golpe un alfabeto nuevo. En el cuaderno, antes de dormir, apuntó una sola frase, subrayada dos veces:
Ya no oigo ruidos. Oigo modos.
Lo que Marina vio en esa cascada —la portadora y sus dos copias, la sombra recortada de la SSB, el alfiler del morse, el ancho de cada cosa— es exactamente el contenido de la teoría que viene: qué es modular, cómo funcionan por dentro AM, SSB, FM y CW, cuánto espectro ocupa cada uno y por qué cada modo vive en el hábitat que vive.