Cuando todo falla: curso completo de radioafición en España

10 · El cielo como espejo: propagación7 min read

Historia — La noche que el cielo fue un espejo

Vallverd de l'Horta, agosto.

La convocatoria llegó por el Telegram bueno, un martes de agosto: «Vigilia de propagación. Viernes 23:00 a lo que aguante el cuerpo. Se buscan: Sudamérica en 40, gris line en 80, café y algo de picar. Firmado: la directiva (Salva)».

—Es tradición de verano —explicó Dani—. Una noche entera de club con las bandas bajas. En agosto la estática mediterránea es un castigo, pero a cambio... a cambio a veces pasa lo que a lo mejor pasa el viernes.

Marina llegó a las once con una tortilla de patatas y el temario de normativa para los ratos muertos. No hubo ratos muertos.

La banda de 40 metros a medianoche no se parecía en nada a la de las siete de la tarde. De día, un puñado de españoles y franceses cercanos; ahora, el dial era una avenida en hora punta: italianos, alemanes, un coro de estaciones del este, y por debajo de todo, subiendo y bajando como una respiración, señales con un eco raro, acuoso, que Marina no sabía situar.

—Eso que notas es el sabor del DX —dijo Salva, el presidente, cediéndole los auriculares buenos—. Señal que ha rebotado mucho cielo. Se le nota el viaje en la voz, como a la gente.

—Sigo sin entender el mecanismo —confesó Marina—. Vicente lleva meses con «el cielo de noche es un espejo» y sonriendo como un esfinge.

—Porque le encanta el efecto dramático a ese hombre —dijo Dani—. Mira, te lo cuento en versión bar: ahí arriba, a cientos de kilómetros, el sol pasa el día arrancándole electrones al aire. Ese aire electrificado, la ionosfera, es como un espejo borroso para nuestras ondas. De día, el sol también crea una capa baja que es puro secante: se traga las ondas de las bandas bajas antes de que lleguen al espejo. Por eso el 40 de día es de andar por casa. Pero de noche el secante se disuelve, el espejo de arriba aguanta, y las ondas suben, rebotan y caen a dos mil kilómetros. Y si rebotan dos o tres veces, seguido, tierra-cielo-tierra-cielo... —Dani señaló el mapa del mundo con la barbilla— pues Argentina.

—¿Esta noche?

—Esta noche el flujo solar viene decente, dice el parte. —Dani le enseñó el móvil: una web con números misteriosos, SFI 142, K 1—. Tú apunta en tu cuaderno esos dos numeritos, que en la teoría te los van a presentar formalmente. Flujo alto, geomagnetismo tranquilo: cielo bien azogado. Ahora falta que el planeta coopere.

El planeta cooperó a las 3:40.

Fue Lucía —a la que habían dejado quedarse «hasta la una» en un acuerdo que nadie tuvo el valor de ejecutar— quien la encontró, barriendo el dial con la paciencia de sus quince años: una señal fina, con aquel eco de agua, llamando CQ Europa. LU3, algo. Un indicativo argentino.

—Salva. Salva. SALVA.

El club entero se ordenó alrededor del equipo sin que nadie diera una orden, con la coreografía de las cosas importantes. Salva operó: respondió a la llamada con el indicativo del club, EA5RCT, deletreado limpio en fonético. Al segundo intento, desde el otro lado del Atlántico, el eco acuoso dijo:

—Eco-Alfa-Cinco-Romeo-Charlie-Tango, buenas noches Europa, acá La Plata, Argentina...

Once mil kilómetros. Marina había leído el número mil veces. Oírlo respirar era otro asunto. El operador argentino se llamaba Marcos, tenía voz de haber hecho aquello diez mil veces y aun así estar contento, e intercambió con Salva señales, la temperatura de su invierno y un «buen verano para la muchachada» que se quedó de lema del club para siempre. Cuando Salva anunció que en la estación había una futura operadora esperando el examen de octubre, la voz de La Plata dijo:

—Decile a la colega que acá la esperamos en la banda. Que estudie tranquila, que el cielo no se va a ninguna parte.

Marina lo apuntó en el cuaderno, literal, con la hora: 03:47.

Fue Vicente quien no dijo nada en todo el contacto. Se había quedado de pie, atrás, con los brazos cruzados, y cuando el QSO se cerró y el club estalló en el alboroto bajito de las madrugadas victoriosas, se sentó junto a Marina con dos cafés y la mirada de las historias que por fin encuentran la puerta.

—¿Sabes por qué esta noche he venido? Yo, que las vigilias de verano las llevo dos décadas saltándomelas. —Removió el café—. Porque me di cuenta de que llevo un año enseñándote, y te he contado el mensaje catorce, y no te he contado la otra mitad. Y la otra mitad pasa de madrugada, como esto.

Marina cerró el cuaderno.

—Amparo y yo nos conocimos por la radio. Eso lo sabe todo el mundo. Lo que no sabe casi nadie es cómo. Octubre del ochenta y dos, la pantanada. Yo estaba en el puente de radio del puesto de mando, ya te lo dije. Ella estaba en el radioclub de Valencia, en la escucha. Tres días. Yo pasaba listas y ella las copiaba: nombres, edades, pueblos. Ciento y pico mensajes en tres días, mi voz y la suya, sin vernos la cara. Al segundo día yo reconocía su manera de pedir repetición antes de que dijera el indicativo. Al tercero, cuando el relevo la mandó a dormir, el operador que la sustituyó me dijo: dice la compañera que aguantes, que quedan pocas listas. —Vicente sonrió despacio—. Nos vimos las caras en noviembre, en un homenaje a los voluntarios, en un salón de actos con sillas de plástico. Yo llevaba la libreta del puente de radio. Ella la vio, la señaló y me dijo: «letra de médico. Menos mal que vocalizas». Cuarenta años me duró la broma.

El club, alrededor, recogía tazas y apuntaba el QSO argentino en el libro de guardia con dos signos de exclamación.

—Cuando murió... —Vicente giró la taza, la dejó—. Cuando murió, la gente creía que no encendía la radio por pena. No era pena, Marina, era una cosa más tonta y más honda: era que la radio éramos los dos. Ella la escucha, yo la voz. Encenderla solo era como poner la mesa para uno. Así que dos años en silencio. Y entonces vino la DANA. —Se encogió de hombros, como quien admite algo elemental—. Aquella noche, con el pueblo a oscuras, yo estaba sentado en el salón, oyendo el agua. Y pensé: en algún sitio hay alguien copiando listas. Alguien tiene que ser la voz. Y subí a por la batería. No fue valentía ni servicio, no me hagas el monumento que me hace Salva. Fue que por primera vez en dos años poner la mesa tenía sentido, porque había gente que necesitaba cenar. —Miró a Marina—. Y a la semana apareció en mi puerta una maestra empeñada en no volver a quedarse muda. La radio es esto que has visto esta noche: física del cielo y personas abajo. Las dos cosas o nada. Amparo lo decía mejor: «el cielo pone el espejo; los modales los pones tú».

A las cinco y media, cuando salieron del club, el cielo sobre Vallverd empezaba a clarear por el este. Vicente señaló la línea donde la noche y el día se estaban negociando el turno.

—¿Ves esa franja? Los radioaficionados la llamamos la línea gris. Cuando pasa por encima, unos minutos, el espejo hace cosas rarísimas y maravillosas. Australia se ha trabajado desde aquí a esta hora, con cien vatios. —Bostezó sin disimulo—. La teoría te contará por qué. Yo me voy a dormir, que tengo una edad y mañana toca regar.


Todo lo que pasó en esa vigilia tiene explicación científica y cae en el examen: por qué el 40 se abre de noche y se encoge de día, qué capa «secante» se traga las ondas, qué son el SFI y el índice K del móvil de Dani, cuántos kilómetros salta un rebote, qué es la línea gris del amanecer. La teoría de la propagación —la más bella del temario, y no lo decimos solo nosotros— viene ahora.