Historia — El club de las goteras
Vallverd de l'Horta, abril.
El Radio Club Túria ocupaba un local municipal junto al polideportivo, con una puerta metálica verde, un mástil de antenas que era el segundo punto más alto del pueblo tras el campanario, y una gotera histórica sobre la que había, literalmente, un libro de firmas: «Yo también puse el cubo», ponía en la tapa, con firmas desde 1994.
—El ayuntamiento nos arregla la gotera cada dos legislaturas —explicó Vicente empujando la puerta—. Nosotros la desarreglamos cada otoño. Es nuestra tradición más antigua después de discutir de antenas.
Dentro olía a café de puchero y a estaño. Había tres mesas de operación con equipos encendidos, un mapa mundi aún más acribillado que el de Vicente, una vitrina de trofeos de concursos y, al fondo, un banco de trabajo iluminado como un quirófano. Allí esperaba el receptor gris del rastro, con la tapa quitada, junto a un hombre grande con barba de tres días y camiseta de un festival de música electrónica.
—Dani Ferrandis —se presentó, limpiándose la mano en el pantalón antes de tendérsela—. Informático de día, EA5 pendiente de sufijo interesante de noche. Tú eres la maestra de la que habla este señor. Y tú la cría de la regla de cálculo, madre mía, ya me han contado, eres leyenda en el grupo de Telegram.
—¿Hay un grupo de Telegram? —preguntó Lucía, iluminándose.
—Hay tres. Uno para todo, uno para el concurso de Navidad y uno para mandar fotos de antenas caídas de otros, que es el más activo. —Dani palmeó el banco—. Bueno. Vicente me ha enseñado el paciente. Traigo malas y buenas noticias.
El diagnóstico de Dani fue una clase magistral involuntaria. Puso el receptor bajo el flexo, conectó una bombilla en serie con el enchufe —«en serie, fijaos: si dentro hay un cortocircuito, la bombilla se lleva la tensión y el muerto no se quema más»— y fue midiendo con el polímetro mientras narraba.
—La fuente de alimentación está frita, como sospechaba el jefe. Mirad: esto que entra es alterna de la pared, doscientos treinta voltios. El aparato, por dentro, quiere continua de doce. Entre medias tiene que pasar por cuatro aduanas: el transformador la baja, el rectificador le quita los vaivenes hacia abajo, los condensadores gordos la alisan, y el regulador la deja clavada en doce. —Señaló con el destornillador un condensador electrolítico hinchado como una lata olvidada al sol—. Aduana tres, reventada. Y de propina, el rectificador en corto. Por eso no canta.
—¿Tiene arreglo? —preguntó Marina.
—Todo tiene arreglo si hay repuestos y respeto. —Dani miró a Vicente—. ¿La lata de Amparo?
—La lata de Amparo —confirmó Vicente, y la puso sobre el banco.
Repararon durante dos horas. Marina soldó por primera vez en su vida —dos intentos feos, el tercero decente, «bueno para ser de letras», concedió Dani, y Vicente le corrigió: «bueno a secas»—. Lucía documentó el proceso con fotos «para el Telegram bueno». Y mientras el estaño humeaba, Marina fue haciendo la pregunta que le rondaba desde el mercadillo:
—Lo que no entiendo es cómo las mismas cuatro piezas hacen cosas tan distintas. Dices que estos condensadores «alisan». Vicente dice que otros «sintonizan». ¿En qué quedamos?
Dani dejó el soldador en su soporte y le dio un trago al café antes de contestar, con la solemnidad del que va a soltar su párrafo favorito:
—Esa es LA pregunta, maestra. Los componentes sueltos son letras. Un condensador solo no dice nada, como una pe no dice nada. Pero júntalos bien y forman palabras: esta palabra de aquí —señaló el transformador con sus diodos— se llama «fuente de alimentación». Hay otra palabra, la más bonita del idioma, que se hace con una bobina y un condensador nada más: se llama «circuito resonante». Es un columpio: la energía va y viene entre los dos, a un ritmo exacto que depende solo de sus tamaños. Y ese columpio es la sintonía. Cuando giras el dial estás cambiando el tamaño del columpio para que se mezca al ritmo de la emisora que quieres. Todo lo demás del aparato son amplificadores para que se oiga y filtros para quitar a los vecinos pesados.
—Filtros —repitió Marina—. ¿Como el de la cafetera?
—Clavado. Deja pasar el café y retiene los posos. Solo que aquí los posos son frecuencias. —Dani señaló la ciudad de cobre del receptor—. Ahí dentro hay filtros que dejan pasar lo grave, filtros que dejan pasar lo agudo, filtros que solo dejan pasar una rendija finísima. Combínalos y esculpes la señal como quieras. Fuente, columpio, filtro, amplificador: cuatro palabras. Apréndetelas y esta placa se convierte en un texto que se lee de izquierda a derecha.
A las ocho y media de la tarde, con el electrolítico nuevo y el rectificador cambiado, Vicente hizo los honores. Enchufó el receptor —ya sin bombilla en serie, «examen aprobado»—, esperó el segundo de cortesía que se le concede a los aparatos con historia, y giró el dial grande.
El altavoz crujió. Siseó. Y de pronto, limpísimo, en mitad del local con goteras, sonó un pitido rítmico, alegre, antiquísimo: morse.
Nadie dijo nada durante un momento. Vicente tenía la mano todavía en el dial y los ojos en ninguna parte.
—Cincuenta años —dijo por fin—. Este cacharro llevaba cincuenta años callado quién sabe dónde, y lo primero que hace al volver es esto. —Escuchó unos segundos, sonrió de lado—. Un francés llamando a concurso. Aparato nuevo, mundo viejo.
—¿Qué dice? —preguntó Lucía, en voz baja, como en misa.
—Dice te-veo, te-veo, cualquiera que me escuche. Lo mismo que decía cuando lo fabricaron. Lo mismo que dice todo el mundo desde Marconi. —Vicente apagó el flexo del banco—. Apuntad esto en el Telegram que queráis: hoy Marina ha soldado su primera fuente de alimentación y este club ha recuperado un socio de chapa gris. Se agradecen los cafés a la señora de la lata.
De camino a casa, Marina repasó mentalmente la tarde: aduanas, columpios, filtros de café, una bombilla que protege. Le quedaba una intuición zumbando: que detrás de esas metáforas había cuentas concretas, y que le tocaba aprenderlas.
No se equivocaba. Vienen ahora: cómo se suman resistencias y condensadores, cuánto vale cada aduana de la fuente, a qué frecuencia exacta se mece el columpio LC y qué cuatro tipos de filtro esculpen todas las señales de tu vida futura.