Cuando todo falla: curso completo de radioafición en España

4 · Corriente alterna, frecuencia y decibelios6 min read

Historia — El idioma del dial

Vallverd de l'Horta, febrero.

El segundo sábado de febrero, Marina llegó al cuarto de radio con los deberes hechos y una intrusa.

—Se ha apuntado sola —se disculpó, señalando con el pulgar a Lucía, la hija de su vecina del tercero, que ya estaba plantada delante del mapa de chinchetas como si fuera suyo—. Le conté lo de las clases y me ha hecho un pliego de alegaciones de tres folios. Es tu problema ahora.

—¿Tú eres la de la manta, la de la noche del portal? —preguntó Vicente.

—Y usted el del ladrillo parlante —dijo Lucía—. En mi clase nadie me cree cuando digo que un vecino mío estuvo hablando con media España sin Internet. Dicen que me lo invento. Quiero pruebas.

—Pruebas. —Vicente ponderó la palabra con seriedad de notario—. Válido. Siéntate y no toques nada todavía.

Aquella tarde Vicente encendió, por primera vez desde que Marina subía, el mayor de los dos aparatos de la mesa: un transceptor de onda corta con más botones que el salpicadero de un avión. La pantalla se iluminó con un número ámbar, enorme: 7.088.0.

—Empecemos por el idioma —dijo—. Todo lo que hace esta máquina se resume en ese número. Marina: ¿qué es?

—¿La frecuencia? —Marina rebuscó en los apuntes de enero—. ¿Siete coma cero ochenta y ocho... megahercios?

—¿Y eso qué significa? No me digas el nombre. Dime qué es.

Marina dudó. Lucía, que llevaba diez minutos conteniéndose, explotó:

—¡Lo dimos en física! Es como... ondas por segundo. Siete millones de olas por segundo. ¿No?

—Siete millones ochenta y ocho mil —dijo Vicente—. Por segundo. La corriente que sale hacia mi antena cambia de sentido a ese ritmo. Vuestro enchufe de casa lo hace cincuenta veces por segundo y le llamamos corriente alterna; esto es exactamente lo mismo, pero siete millones de veces, y le llamamos radio. No hay más misterio: la radio es corriente alterna con prisa. —Giró el dial una pizca; el número corrió hacia 7.100—. Y este mando no hace magia: solo cambia el ritmo. Cada emisora del mundo late a un ritmo distinto, y sintonizar es elegir qué latido escuchas.

—¿Y por qué ahí suena gente y ahí no? —Lucía había señalado el dial cuando pasó por un tramo de soplido vacío.

—Ah. —Vicente levantó el dedo—. Esa es la segunda mitad del idioma. Ven, mira el mapa.

Sobre el mapa del mundo, junto a las chinchetas, había una regla de cartulina amarillenta, hecha a mano hacía décadas, con una escala doble: arriba ponía MHz y abajo, metros.

—Los radioaficionados hablamos de «bandas» y las llamamos por su longitud de onda: la banda de cuarenta metros, la de veinte, la de dos. Marina, tú eres de letras: ¿qué es una longitud de onda?

—¿Lo que mide... la onda? —Marina se oyó y se corrigió—: No te rías. Lo que avanza la onda en cada latido.

—Exactamente eso, y no me río: lo has dicho mejor que muchos libros. La onda viaja a la velocidad de la luz, trescientos mil kilómetros por segundo. Si late siete millones de veces por segundo, cada latido recorre... —dejó la cuenta en el aire, mirando a Lucía.

Lucía sacó el móvil, abrió la calculadora, tecleó con dos pulgares.

—¿Cuarenta y dos metros y pico...?

—Cuarenta y tres, redondeando. Estamos en la banda de cuarenta metros. Toda la vida de radioaficionado vais a hacer esa división: trescientos entre los megahercios. Trescientos entre siete, cuarenta y tres. Trescientos entre ciento cuarenta y cinco, dos metros. Trescientos entre veintiocho... —señaló a Marina.

—Diez y pico. Diez metros.

—Veis por qué el tamaño importa: mi antena de la terraza, la vertical blanca, mide más o menos un cuarto de esa longitud de onda. Para cuarenta metros necesito diez metros de hilo; para dos metros me basta medio metro de varilla. La longitud de onda no es poesía: es el metro de carpintero de este oficio. —Apagó un momento la luz de la mesa—. Y ahora, las pruebas que pedía la señorita. Vamos a escuchar el mundo. Pero antes, una advertencia: lo que vais a oír al girar el dial os va a parecer un zoológico. Silbidos, gorjeos, voces de pato, ráfagas como de módem antiguo. Cada ruido de esos es alguien diciendo algo de una manera distinta. Hoy solo escucharemos; descifrar el zoológico nos llevará el resto del curso.

Lo que siguió, Marina lo apuntó esa noche en su cuaderno, porque no quería olvidarlo:

19:40. Un señor de Alicante hablando con otro de Burdeos de antenas y de la lluvia, como quien habla por encima de una valla de patio. 19:55. Pitidos rítmicos: morse, dice Vicente; lo lee de oído mientras prepara café, sin darse importancia, «es un ruso llamando a cualquiera». 20:10. Una emisora de radiodifusión internacional en español, enorme, de Rumanía. 20:25. Voces de pato de las que se ríe Lucía; Vicente toca un botón y las voces se vuelven personas: uno de Tenerife y uno de Uruguay. URUGUAY. Once mil kilómetros. Con menos potencia que mi secador, dice Vicente. 20:41. Lucía ha encontrado en su móvil una app que muestra qué zonas del mundo se oyen ahora en cada banda, y Vicente, que no suelta el lápiz, le está explicando que eso antes se hacía con paciencia y libretas. Se caen bien. 21:05. He preguntado por qué de día no se oye Uruguay y de noche sí. Vicente ha sonreído como cuando te va a dar caña y ha dicho: «Para esa respuesta faltan siete secciones. Hoy, quédate con esto: el cielo, de noche, se convierte en un espejo».

A las nueve y media, mientras recogían, Lucía preguntó lo que llevaba una hora rumiando:

—Vicente, ¿y yo puedo? Sacarme el examen, digo. Con quince años.

—Con catorce cumplidos puedes, con permiso de tus padres. La ley lo dice clarito. —Vicente descolgó la regla de cartulina del mapa y se la tendió—. De momento, escucha. Escuchar es libre, no necesita examen ni edad. Toma: la hizo Amparo en el año ochenta y tres. Arriba megahercios, abajo metros. Cuando entiendas por qué las dos escalas van al revés la una de la otra, me la devuelves y hablamos de tu examen.

Lucía se fue abrazando la regla como quien abraza una espada.

Marina se quedó un minuto más en la puerta.

—Vicente... el número del dial. Trescientos entre siete. Las bandas, los metros. Todo esto tiene su matemática, ¿verdad? Frecuencias, ondas... y sé que en el examen entran también unos tales decibelios, que me los he cruzado en el temario y me han mirado mal.

—Los decibelios te van a encantar. Son la manera que tienen los ingenieros de multiplicar sumando. —Vicente apagó el transceptor y la pantalla ámbar se fundió a negro—. La semana que viene: la corriente que baila. Alterna, frecuencia, longitud de onda y decibelios. La gramática entera del idioma del dial. Trae calculadora... y el cargador del móvil de la niña, que me ha dejado el alargador ocupado.


La teoría que sigue es la gramática de ese idioma: qué es exactamente la corriente alterna, qué son el periodo y la frecuencia, la fórmula de la longitud de onda (esa división de «trescientos entre») con la que Vicente cocina de cabeza, los nombres de las bandas del espectro y esos decibelios que multiplican sumando.